Psicología y Educación Integral A.C. 
Revista Internacional PEI: Por la Psicología y Educación Integral
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Volumen IV. Número 7. Julio-Agosto 2014
 
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La educación de las capacidades emocionales en el seno familiar

Una vía de prevención y desarrollo de la salud mental.

ZOE BELLO DÁVILA

Facultad de Psicología Universidad de la Habana

(Artículo Invitado)

Introducción

Como producto de la convergencia del desarrollo del pensamiento científico de nuestros tiempos, desde distintas perspectivas, el concepto de salud goza de una mayor dimensionalidad al ser considerada hoy como un estado de completo bienestar físico, mental y social (OMS, 1995).

De manera que ya no se considera solo la ausencia de enfermedad como criterio de salud, sino que esta implica un estado de bienestar, de desarrollo personal y ajuste social que conllevan a la satisfacción del individuo con su propia vida y disponer de los recursos que le permitan luchar por ella. En este sentido a la salud mental se asocian indicadores como la satisfacción vital, los estados de ánimo positivos, la vivencia o sentimiento de felicidad, el autodominio y otros que expresan de alguna manera la posibilidad de proponernos y alcanzar destinos que signifiquen una mejora o progreso respecto al estado actual.

En correspondencia con esto, las acciones dirigidas al logro del bienestar subjetivo son una vía de contribución a la salud mental que identifica a la labor de psicólogos, educadores, la familia y todos aquellos comprometidos con el desarrollo humano. En esta dirección cobra relevante importancia el desarrollo de capacidades personales que permitan en particular a niños y adolescentes, la autogestión de su propio bienestar o estados de salud mental.

El bienestar ha sido una aspiración humana de todos los tempos que lleva implícito el logro de metas, de objetivos a alcanzar y entonces surgen las interrogantes de cómo lograrlo, si contamos con los recursos necesarios, cuales movilizar, en qué dirección orientar los mismos? El término inteligencia se ha asociado la garantía para solucionar exitosamente tales empeños.

Pero aunque tradicionalmente la inteligencia se ha concebido en términos intelectuales o cognitivos, en las complejas conductas implicadas en los procesos básicos de adaptación y ajuste social interviene el componente afectivo-emocional, lo que ha obligado a considerar los recursos emocionales como aliados indispensables en la satisfacción de las tareas que impone la vida entre las cuales el bienestar personal ocupa un lugar primordial.

Por otra parte, si bien las emociones no han sido un tema privilegiado en las investigaciones psicológicas, esta situación cambia positivamente a finales del pasado siglo, lo que en alguna medida condiciona la aparición de los estudios acerca de la inteligencia emocional. La propuesta de la inteligencia emocional (IE) amplia los conceptos tradicionales de la inteligencia y enfatiza en un conjunto de capacidades que cobran importancia en la vida cotidiana en los contextos actuales en distintos escenarios.

Las investigaciones en este campo, revelan la relación de la inteligencia emocional con diferentes ámbitos como el estrés ocupacional, el ajuste psicológico y emocional, la percepción de satisfacción con la vida y la calidad de las relaciones interpersonales. Hoy se reconoce la influencia de las emociones en el proceso de adaptación a la vida cotidiana, se enfatiza la funcionabilidad de las emociones en la conducta humana y se destaca su cardinal intervención en la motivación y el modelador de la opinión y juicios de las personas (Zaccagnini, 2004).

En 1990 Peter Salovey y John Mayer hacen referencia al término inteligencia emocional al ofrecer una definición del mismo y defender el procesamiento de la información emocional como una legítima capacidad con sus consecuentes influencias para el funcionamiento cognitivo y personal. Pero 1995 Daniel Goleman logra atraer la atención de los investigadores y el gran público con su libro La inteligencia emocional (1995), donde las capacidades emocionales se presentan como integrantes indispensables para el éxito en la vida, defendiendo además la idea del carácter educable de esta inteligencia.

A partir de entonces, el constructo ha sido estudiado desde diferentes perspectivas teóricas en una búsqueda de mayor precisión y los instrumentos adecuados para su evaluación. Un elemento común en los distintos intentos de explicación, es defender la factibilidad del manejo emocional a nivel intra e interpersonal donde la Inteligencia emocional se refiere al reconocimiento y manejo de las emociones propias y la de los para guiar de manera adecuada nuestros actos y pensamientos en el área personal y social (Bello,2010). Con distintos grados de especificidad y definición, las capacidades emocionales son agrupadas en los diferentes modelos en dimensiones o ramas que constituyen el constructo de inteligencia emocional y se refieren a:

La autoconciencia: la percepción y reconocimiento de los estados emocionales, la autoconfianza.

La autorregulación: autocontrol emocional, adaptabilidad, iniciativa y perseverancia en obtención de metas.

Habilidades sociales: empatía, mediación de conflictos, persuasión, el intercambio afectivo.

La utilización de las emociones en la solución de problemas y el ajuste a demandas sociales

Las capacidades emocionales en las edades infanto-juveniles

En las edades infanto-juveniles la inteligencia emocional cobra particular interés por su relación con el rendimiento académico, la prevención de conductas de riesgo, calidad de las relaciones interpersonales y ajuste social en general.

Tomando como base la propuesta de Goleman y otros autores que han estudiado el comportamiento de esta inteligencia en poblaciones infantiles, a continuación una breve reseña de las dimensiones de la inteligencia emocional y sus capacidades en estas edades y se destaca la manifestación e importancia de las mismas para la población infantil.

Autoconocimiento: Se refiere a tener conciencia de las propias emociones. Reconocer las emociones en el momento en que transcurren, sus causas y sus efectos; conocer las propias fortalezas y debilidades a partir de una autovaloración realista y de tener confianza en uno mismo.

Aunque los niños tengan la capacidad para hablar sobre las emociones, el utilizar dicha capacidad de forma apropiada depende en gran medida, de la forma en que interactúan con ellos y que interactúan entre sí. Aprender a identificar y transmitir las emociones es una parte importante de la comunicación. Los niños con baja conciencia emocional se caracterizan por una inexpresividad emocional, disponen de un pobre vocabulario para denominar lo que sienten y les resulta difícil identificar las causas de sus emociones. Las interacciones sociales de los niños pueden verse afectadas por la falta de un adecuado vocabulario emocional; los errores en la comunicación no verbal inducirán a que un niño sea calificado de raro o extraño lo que a menudo entorpece sus interacciones sociales.

El autoconocimiento ocupa un lugar primordial ya que sobre este es que se desarrollan otras dimensiones como el autocontrol y la empatía. Esto permite entender las consecuencias recogidas en la literatura, entre los desordenes emocionales y las afectaciones en el área social, las derivaciones lamentables de no saber interpretar el motivo o necesidad que subyace a una idea, o por el contrario, los efectos positivos de un buen desarrollo emocional en la comprensión de hechos sociales o materias escolares.

Autocontrol: Se refiere al control de los estados, impulsos y recursos internos, reorientar las emociones y los impulsos conflictivos, lo cual permite afrontar cambios y situaciones de tensión, ofreciendo confiabilidad. El objetivo del autodominio es el equilibrio, no la supresión emocional. Mantener bajo control nuestras emociones perturbadoras es la clave para el bienestar emocional.

La regulación emocional cobra especial interés en la edad infantil

Actualmente padres y maestros son testigos de las dificultades de loa hijos y educandos para manejar emociones perturbadoras como la ira o la tristeza. La ira es la emoción más tratada en el tema del autodominio por las consecuencias que puede traer la furia descontrolada. Los niños que presentan dificultades para controlar su ira son emocionalmente vulnerables, puesto que tienen un umbral bajo para soportar cualquier malestar ante lo cual, la agresión es su patrón de respuesta, por lo que son rechazados por los pares y sancionados por los adultos, todo lo cual entorpece su vida social y escolar en particular, con derivaciones negativas para su desarrollo personal. De la misma manera, los niños tristes o que padecen depresión son socialmente ineptos, con menos amigos, menos elegidos por los otros como compañeros de juego, menos populares y con más problemas de relación con los demás; sufren finalmente el rechazo de sus pares, quedando aislados, lo cual tiene consecuencias negativas para su autoestima y personalidad en general.

La tristeza, por su parte, puede interferir gravemente en los rendimientos académicos de los niños, puesto que la depresión interfiere su memoria y su concentración, resulta más difícil prestar atención en clases y retener lo que se les enseña. Cuando se ha comparado a los niños que padecen depresión con sus pares que no la padecen, se los ha hallado socialmente ineptos, con menos amigos, menos elegidos por los otros como compañeros de juego, menos populares y con más problemas de relación con los demás. Un niño deprimido por mucho tiempo también es rechazado a la larga por sus pares.

Automotivación: Capacidad de movilizar la conducta para aprovechar oportunidades que permitan alcanzar las metas personales y superar contratiempos con perseverancia y optimismo.

El logro de nuestros propósitos son en su mayoría de alcance a mediano y largo plazo, lo que exige la orientación de las acciones no sólo de forma racional, sino con un sentido que haga soportable la espera, el salvar obstáculos y guiarnos por un placer o gratificación que está derivado en el tiempo, a costa de renunciar a impulsos momentáneos que nos impidan perder el rumbo. En el caso de los niños y adolescentes, estos tiene también metas que lograr y requieren por tanto, de los beneficios de la automotivación; ser capaces de controlar impulsos actuales en función de objetivos futuros y orientar sus emociones de manera que le faciliten y no perturben el cumplimiento de las demandas de la edad, para lo cual cuentan con poca experiencia y mucha impulsividad.

Aunque desde muy temprano, los niños buscan alcanzar metas de forma persistente, en la edad escolar ante la carga docente, muchos parecen perder fuerzas, se muestran conformes con resultados bajos, sin intentar una estrategia para superar los mismos y reconocen ellos mismos la falta de automotivación como una causa subyacente a algunos de los problemas más graves en las escuelas.

Lo anterior llama la atención hacia la necesidad de aprender a valorar el esfuerzo persistente y la importancia de enfrentar y superar el fracaso. Por una variedad de razones la generación actual de niños está más inclinada a ser pesimista que cualquier otra generación anterior, lo que los hace más vulnerables a los efectos de la depresión, el desempeño escolar deficiente, la falta de amigos e inclusive las enfermedades físicas (Shapiro 1997). Quizás la automotivación sea una de las capacidades de más importancia de la inteligencia emocional. Los niños con alta motivación tienen el deseo de superar los obstáculos que le impone la realidad, pues a ella se asocian el optimismo, la flexibilidad y la persistencia como aliadas en el logro de sus empeños y los protegen de la ansiedad abrumadora, la actitud derrotista o la depresión cuando se enfrentan a desafíos o contratiempos..

Empatía: Se refiere a la conciencia de los sentimientos, necesidades y preocupaciones ajenas. Es ser sensible a los sentimientos de otras personas, ponerse en el lugar del otro y aprovechar y adaptarse a la diversidad existente entre las personas.

Se ha demostrado que los niños socialmente rechazados no hacen una buena lectura de las señales emocionales y aún cuando lo hacen tienen un repertorio limitado de respuestas a las mismas. Igualmente se ha señalado, que la falta de empatía está en la base de muchas conductas de agresión y falta de moralidad. Un desarrollo moral satisfactorio significa tener emociones y conductas que reflejen preocupación por los demás; compartir, ayudar, ser altruista, y disposición de aceptar las normas sociales, así como la vivencia de emociones negativas ante la violación de dichas normas.

Manejo de relaciones: Capacidad para conducir o manejar nuestras emociones en las relaciones con los demás, influir sobre ellos, inspirarlos, dirigirlos, negociar. Ser capaz de manejar las emociones del otro es la esencia del arte de mantener relaciones. La sintonía con otros exige un mínimo de serenidad en uno mismo.

La capacidad del manejo adecuado de las emociones ajenas se ajusta a patrones sociales y se despliegan de función de objetivos concretos, en un contexto determinado, como muestra de verdadera respuesta inteligente a demandas del entorno. La carencia de estas capacidades sociales perturban el intercambio; muchos niños que no saben interpretar ni manejar las expresiones emocionales, no entienden lo que acontece a su alrededor, no comprenden las relaciones entre los que le rodean o con ellos mismo, su contenido y matices, lo cual los frustra, quedan perturbados, no responden adecuadamente, lo que entorpece más sus relaciones.

Teniendo en cuenta que la escuela es un escenario de intercambio social, los niños con dificultades para el manejo emocional, presentan en muchas ocasiones comportamientos de desajuste social como rendir por debajo de lo que se pudiera esperar según su capacidad intelectual, carecen de la capacidad de conversar, de transmitir sus necesidades a los demás y comprender las necesidades y los deseos de los otros, lo que en ocasiones cobra un valor dramático cuando intentan incorporarse a un grupo, utilizando para ello las estrategias menos convenientes.

Numerosos trabajos han demostrado la relación entre las capacidades emocionales en el área interpersonal y la presencia de conductas de riesgo o de desajuste social en relación con uno mismo y con los demás. En muchas ocasiones no existe una delimitación clara en el carácter de causa o consecuencia que presentan los problemas de comunicación en los niños diagnosticados con problemas de aprendizaje y de conducta.

No todas las personas, ni tampoco los niños ni adolescentes, son diestros en el conocimiento y manejo de todas las capacidades emocionales, de hecho no hay que poseer todas, sino explotar las potencialidades de aquellas que se poseen y desarrollar las necesarias en función de actividades específicas.

Educación emocional y salud mental.

Defendemos la idea de que a todo comportamiento humano, subyace una trama emocional que intencionalmente se puede manejar y toda persona, todo niño o adolescente, puede desarrollar estrategias emocionales que tributen a su bienestar personal.

La teoría de la inteligencia emocional muestra una perspectiva optimista del ser humano al plantear que las capacidades emocionales se pueden educar y los beneficios que reporta ser emocionalmente inteligente. La propuesta de la inteligencia emocional y el reconocimiento de los beneficios de las capacidades emocionales en diferentes esferas del quehacer humano y su contribución al desarrollo integral de la personalidad, da lugar a la educación emocional.

Una visión de la naturaleza humana que no contemple su contenido emocional seria incompleta. La educación emocional no ha sido objetivo primordial de ninguna institución, pero hoy son cada vez más los estudiosos que se dedican a promover este tipo de educación basados en las ventajas que la misma aporta al desenvolvimiento de la vida en general, convencidos de que igual que en el pasado nos brindaron un servicio de vital utilidad, el desarrollo de las emociones en el presente es condición para garantizar el bienestar futuro.

Las emociones son consustanciales al comportamiento humano, importantes siempre, pero decisivas cuando se trata de enfrentar momentos difíciles y tomar decisiones importantes.

La propuesta de la inteligencia emocional está en línea con la concepción actual de la salud mental, que reclama promoción de acciones encaminadas al fomento de las potencialidades humanas para un mejor desarrollo personal y social con la participación activa del sujeto en la construcción de su bienestar. La educación emocional se orienta hacia la prevención y el desarrollo humano, hacia el desarrollo de la autonomía personal como una forma de educar para la vida. En esta dirección constituye una forma de prevención primaria inespecífica que favorece la creación de condiciones para el enfrentamiento de situaciones difíciles, el desarrollo de capacidades básicas para la vida que contribuye a minimizar la vulnerabilidad de las personas a situaciones de riesgo potencial para la salud y el bienestar como el consumo de drogas, el estrés, la ansiedad, la depresión, la violencia y otras (Bisquerra, 2003). También puede tener un carácter educativo en tanto se dirige a la potenciación de las posibilidades del sujeto y promueve su crecimiento personal a través de la movilización de recursos eficaces para la solución de los problemas.

Esta educación puede estar dirigida a diferentes grupos humanos en distintos escenarios, pero de forma preferencial a la población infanto-juvenil. Hoy muchos niños, adolescentes y jóvenes, se encuentran frecuentemente desprotegidos para enfrentar las tensiones, carácter dilemático o situación de emergencia en que se presentan las tareas de la vida cotidiana. Según la UNICEF (2011) el 20% de los adolescentes de todo el mundo padece de problemas mentales o de comportamiento y alrededor de la mitad de los trastornos mentales comienzan antes de los 14 años. Como bien señala Shapiro (1997), si medimos el cociente emocional (CE) a través de la salud mental y otras estadísticas sociológicas, podemos observar que, de muchas maneras, los niños de hoy están mucho peor que los de las generaciones anteriores.

Los organismos internacionales dedicados al estudio y diseño de estrategias a nivel global, han llegado al consenso de que la educación y la cultura son instrumentos esenciales para prevenir, corregir y encauzar lo que la UNICEF ha llamado “enfermedades infantiles de la modernidad" y para ello impone la tarea de capacitar o educar a todos los agentes educativos incluyendo a la familia y los propios educandos; es por eso que entre los retos de la educación para el presente milenio se plantea no solo lograr saber y hacer, sino aprender a ser y persuadidos de que el fomento de las virtudes y espiritualidad humana son un camino seguro para llegar al verdadero desarrollo.

Numerosas investigaciones confirman la relación entre las capacidades emocionales e indicadores de ajuste social que repercuten o se asocian en los estados de salud y bienestar; una mayor satisfacción ante la vida y mejor calidad en sus relaciones interpersonales, un estado de humor positivo que posee implicaciones para la prevención de estados depresivos, un mejor afrontamiento de situaciones estresantes y el uso de estrategias más efectivas y bajos niveles de consumo de drogas y conductas antisociales(Paz y col. 2003, Fernández-Berrocal, Alcaide, Extremera y Pizarro, 2006). Por ora parte, se encuentran correlaciones que indican que bajas medidas de inteligencia actúan como factor de riesgo ante el consumo de tabaco y alcohol y el fracaso escolar entre otras conductas disruptivas (Ruiz-Aranda, D., y col, 2006, Arce y col. 2009, Moriarty y col., 2001, Petrides y Furnhman 2004).

Resultan relevantes los resultados alcanzados en diferentes experiencias encaminadas a la educación de la inteligencia emocional y su impacto en el rendimiento académico, (Bisquerra, 2003, Pérez y Castejón 2002, Extremera N. y Fernández-Berrocal, P. 2004) y la prevención de conductas de riesgo, calidad de las relaciones interpersonales y ajuste social en general (Brackett y col, 2004; Dunn y col., 2007, Lopes y col. 2005). Otros programas (Elías, 2002; Palomar, 2005; Ibarrola, 2007,) han resultado eficaces en el entrenamiento de capacidades para el adecuado manejo de la ira y la depresión.

Familia y educación emocional

Las condiciones de educación y enseñanza del niño, la familia, la escuela y las instituciones sociales conforman su entorno social, que perfilan en gran medida sus particularidades psicológicas.

En este sistema de influencias bajo el cual transcurre la formación del niño la familia ocupa un lugar privilegiado. Los padres son los primeros educadores del niño; a través de los padres el niño conforma su imagen y sentido del mundo, adquieren o se apropian de las formas de comunicación, de los valores, de las normas de conducta que le permiten relacionarse con los demás. Es también en el marco de su familia que el niño trata de comprender lo que acontece fuera de él, trata de encontrar explicación a los fenómenos que observa y aprende a dar solución a los problemas que se le plantean.

Los padres educan a sus hijos a través de su relación con ellos. Esta educación puede suceder de forma consciente o espontánea, de forma planificada y sistemática o de manera informal. La efectividad y calidad con que los padres realicen su labor educativa depende en gran medida de las condiciones de que dispongan para ello, tanto desde el punto de vista material como espiritual. De ahí se deriva que la familia necesita para el cumplimiento de su misión, constituir un lugar que ofrezca al niño la seguridad necesaria y donde este encuentre satisfacción a sus necesidades básicas.

El hogar debe ser también un espacio rico espiritualmente, constituye el espacio vital que asegura su existencia y hace posible su desarrollo, representa para el niño su ambiente ideal, insustituible. Una adecuada relación padre-hijo en el seno familiar es un buen predictor de éxito en el cumplimiento de estas tareas.

Tradicionalmente a la familia se le confiere un gran peso en la formación de los valores morales y patrones de conducta, al igual que a la escuela se le responsabiliza con la formación intelectual aunque, ambas instituciones deben y en el mejor de los casos sucede, que comparten esta responsabilidad.

Pero respecto al mundo afectivo, la tendencia ha sido sancionar las conductas consideradas negativas, lograr que un buen estado de ánimo garantice o apoye el aprendizaje escolar y si bien se ha defendido la práctica de un trato cariñoso hacia a los niños, sus afectos no han sido objeto específico de educación. De manera que el cambio debe ser no solo tratar que las emociones garanticen una ganancia intelectual, y mostrar a los niños nuestro afecto por ellos, si no, educar su afecto con ganancias para su desarrollo personal e integral Pero, ¿saben los padres como lograr estos objetivos, tienen los medios para ello?

En la mayoría de los casos la familia, y en particular los padres, tienen la buena intención, pero dudan o desconocen cual es la acción adecuada a realizar. Con frecuencia ocurre que se tiene claridad acerca de algunas funciones, pero se desconocen o subestiman otras. Así, por ejemplo, para la mayoría de los padres es evidente su rol como guía moral, encargado de que su hijo sea un hombre de bien, y relacionado con ello, se centran en ofrecer al hijo las condiciones para el logro de una carrera u oficio, lo cual en la edad escolar se expresa en la preocupación por el desempeño escolar, hacia el que la familia dirige gran parte sus esfuerzos. Pero ya hoy es un secreto a voces que el rendimiento académico apoyado en gran medida en el cociente intelectual (CI) no es la garantía segura o la única condición para el alcance del éxito futuro ni la satisfacción personal.

También los padres saben que las cualidades intelectuales no agotan todas sus aspiraciones respecto a sus hijos. Cualidades como la empatía, la cordialidad y el autodominio, son deseadas como caracterizadoras de la personalidad de los hijos y a la vez, resultan cada vez más, implicadas en el logro del éxito personal y social y es que hoy no se nos juzga solo por nuestras habilidades para comprender ideas complejas o resolver tareas que exigen distintas formas de razonamiento, sino también por el modo en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. Esto explica que los padres, la familia en general, muestre gran preocupación ante comportamientos que se consideran rompen con los estándares socioemocionales de la conducta ideal y traten de tomar medidas para remediarlo.

Un tema de frecuente preocupación en los padres son las reacciones emocionales de sus hijos ante las cuales se siente sin recursos y no saben qué hacer. En muchas ocasiones los padres son conscientes de que el amor sólo no basta y los castigos no son la solución y acuden entonces en busca de ayuda profesional. Pero tradicionalmente la consejería a padres aborda las “malas conductas” pero obvian los sentimientos que subyacen a las mismas. La sociedad actual no dispone aún de una cultura de educación de la emociones, pero la educación emocional es un imperativo que reclama de su acogida urgente en el seno familiar.

En la literatura se reconoce que el desarrollo de capacidades emocionales de los hijos, se relacionan con el estilo educativo de los padres. Se plantea que el estímulo paternal y el apoyo emocional ayuda a sus hijos a expresar correctamente sus emociones y a proveerles de distintas formas de manejarlas en su grupo de iguales, mientras que el uso de respuestas punitivas, o los intentos de minimizar las emociones de los niños, están asociados con una mayor incidencia de emociones negativas. Steinberg (2002) reveló en sus investigaciones que permitir que los adolescentes desarrollen sus propias opiniones y creencias han tenido efectos positivos en los adolescentes en tanto Andrade, P., Betancourt, D., Vallejo, A. Segura, B., Ochoa, C. y Rojas, R.M. (2012) aportan evidencias que asocian las prácticas parentales caracterizadas por el control psicológico y falta de comunicación y autonomía con la presencia de sintomatología ansiosa y depresiva en adolescentes. Evidencias como estas han permitido identificar el estilo educativo de los padres, como uno de los cuatro factores de riesgo fundamentales en el desarrollo de problemas de conductas.

Desde una nueva perspectiva, la educación emocional ofrece un marco de acción basada en la comunicación emocional. En los estudios realizados acerca de las relaciones parentales, Gottman (1997) ha identificado ciertos estilos o modos a través de las cuales los padres enfrentan las reacciones emocionales de los hijos con sus consecuentes efectos en el desarrollo emocional de los mismos.

De forma resumida estos se presenta en el cuadro siguiente.

Estilos de padres

Efectos en los hijos

Desdeñoso:

Ignoran, o restan importancia a las reacciones emocionales. Utilizan la distracción pretendiendo que la reacción emocional desaparezca rápidamente.

Sus sentimientos no tienen fundamento, suceden por causas que no lo merecen y él no entiende por qué: Dificultad para regular sus emociones


Desaprobador:

Sancionan las expresiones emocionales y pueden imponer castigos por las mismas. Consideran que las expresiones emocionales como la mira o la tristeza, reflejan problemas de carácter, una debilidad, algo que no debe permitirse

Sus sentimientos son erróneos Algo no funciona bien en él: siente por lo que no debe, pero no abe qué hacer: Dificultad para regular sus emociones

Permisivo:

Aceptan libremente toda expresión emocional y sólo ofrecen consuelo ante las mismas, sin brindar una guía para su manejo

No aprenden a regular sus emociones, lo que en ocasiones, dificulta las relaciones con los coetáneos

Capacitador:

Reconocen y comprenden los sentimientos del niño y actúan en consecuencia. Aprovechan la reacción emocional como una oportunidad para el acercamiento, brindan pistas que sirvan al niño para aprender a manejar sus propias emociones.

Emocionalmente inteligentes. Experimentan las emociones negativas pero reaccionan más adecuadamente ante ellas.



Este autor plantea que los padres capacitadores enfrentan las reacciones emocionales de sus hijos siguiendo un patrón de respuesta identificado como pasos en la educación emocional que se puede caracterizar como sigue:

1. Conciencia de la emoción del niño

2. La emoción como oportunidad para el acercamiento afectivo y la capacitación

3. Escucha empática y convalidación de sentimientos

4. Denominar la emoción

5. Fijar límites y explorar estrategias de solución

Se puede puntualizar que las adecuadas estrategias de los padres en el manejo de las reacciones emociones de los hijos, obtienen resultados similares a los programas de educación emocional desarrollados por especialista en otros escenarios, que reportan como beneficios a sus destinatarios el logro de:

-Mejores relaciones con los coetáneos.

-Menos problemas de conducta.

-Menos propensión a actos de violencia.

-Mayor cantidad de sentimientos positivos sobre ellos mismos, la escuela y la familia.

-Mayor preparación para enfrentar conflictos.

-Menor propensión a conductas de riesgo como las drogas y las relaciones sexuales prematuras.

La idea interesante a destacar no es la supresión de la vivencia negativa o la aparición de la emoción perturbadora, sino que en general los niños son más flexibles, más diestros en el manejo emocional, experimentan las emociones negativas pero son capaces de reaccionar ante ellas, son más saludables.

La sociedad incorpora cada vez con más entusiasmo el concepto de inteligencia emocional, los padres pueden promover el desarrollo de las capacidades emocionales de sus hijos, lo cual requiere de la capacitación emocional de los padres. En este sentido, Shapiro plantea una serie de preguntas que sirven de guía o indicadores que dan pistas de las posibilidades de los mismos para llevar a cabo la educación emocional de sus hijos a la vez que funcionan como sugerencias a tener en cuenta. Entre ellas, podemos destacar las siguientes:

¿Se considera usted una persona optimista?

¿Ayuda usted a su hijo a cultivar amistades?

¿Controla usted el contenido violento de los programas de televisión y los videojuegos de su hijo?

¿Es usted veraz y sincero con su hijo, incluso con respecto a temas dolorosos como una enfermedad o la pérdida de un empleo?

¿Se toma usted su tiempo para enseñarles a sus hijos a percibir el aspecto humorístico de la vida cotidiana, inclusive en sus problemas?

¿Alienta usted a su hijo a seguir tratando aun cuando se queje de que algo es demasiado difícil o inclusive cuando fracasa?

¿Le enseña usted a su hijo a relajarse como una forma de enfrentar el estrés, el dolor o la ansiedad?

Sin lugar a dudas la educación emocional no es tarea fácil, pero si apasionante y significa una mejor inversión que la compra de psicofármacos.



Consideraciones finales.

Las acciones de educación emocional ofrecen a los destinatarios una alternativa de disponer de recursos que tributarán a un mejor ordenamiento de las emociones en función del crecimiento personal y el logro del bienestar, lo que conformará su salud mental.

El entorno psico-social del niño y en particular las condiciones de su vida familiar pueden resultar predictores de éxito o en su defecto fuentes de riesgo para su desarrollo.

Los padres pueden promover el desarrollo de las capacidades emocionales de sus hijos, lo cual requiere de la capacitación emocional de los padres.

Es tarea de los especialistas comprometidos con el desarrollo humano profundizar en el conocimiento de las influencias educativas del medio familiar y contribuir al mejoramiento de las mismas en la hermosa tarea de alcanzar el bienestar.



Referencias

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