LA VIDA EN PAREJA Y SUS VICISITUDES

The couple's life and its vicissitudes

María del Pilar González Flores, Luis-Rey Yedra, José Luis Rojas-Solís & Julieta Vera-Ramírez

 

Resumen

Una relación de pareja plena o armónica se puede presentar en tantas formas y estilos variados como parejas existen, se trata de una forma de interacción humana compuesta por numerosos elementos donde algunos de ellos pueden suscitar vicisitudes. En ese sentido este artículo revisa aspectos como: las expectativas, los papeles, el amor, los conflictos y la toma de decisiones así como la sexualidad en la pareja. El objetivo es proporcionar algunas claves para el entendimiento y mejora de los vínculos interpersonales significativos caracterizados en la convivencia cotidiana por la manifestación del afecto en pareja, sea de diferente sexo, del mismo sexo, con hijos o sin hijos, casados o en unión libre.

Palabras clave: Pareja; expectativas; papeles; amor; conflictos; toma de decisiones; sexualidad

Abtstract

A harmonious couple relationship can present in as many different forms and styles as couples exist. It is a form of human interaction composed of many elements that some of them can provoke vicissitudes. In this sense, the aim of this article is revieweing subjects as expectations, roles, love, conflicts, decision making as well as sexuality in the couple. The objective is to provide some keys to understanding and improving the significant interpersonal relationships characterized in the daily coexistence by the manifestation of affection in couples of different sex, same sex, with children, without children, married or in free union.

Keywords: Couple; expectations roles; love; conflicts; decision making; sexuality

Resumo

A relação do casal harmonioso pode apresentar em tantas formas e estilos diferentes, existem casais. É uma forma de interação humana composta de muitos elementos que alguns deles podem provocar vicissitudes. Neste sentido, o objetivo deste artigo é revieweing temas como expectativas, papéis, amor, conflitos, bem como a tomada de decisões a sexualidade do casal. O objetivo é fornecer algumas chaves para a compreensão e melhoria das relações interpessoais significativas na convivência diária Caracterizada pela manifestação de afeto entre casais de sexo diferente, o mesmo sexo, com filhos, sem filhos, casados ou em união livre.

Palavras-chave: Casal; expectativas papéis; amar; conflitos; tomada de decisão; sexualidade

 

Hay muchas rutas hacia la espiritualidad,

pero una de ellas, y quizá la más elegida por el ser humano,

es la vida de pareja

Mariano Barragán (2014)

1. Introducción

Toda familia se forma a partir de la unión de dos personas, propiciando un encuentro que les permite vincularse y satisfacer ciertas necesidades personales de desarrollo. En una relación de pareja, sus miembros se unen con el fin de llevar una relación satisfactoria, buscando sentirse aceptados, valorados, con un equilibrio de dar y recibir, no importando sus realidades o la modalidad de su relación (Cervantes, 2010).

Pretendemos que la lectura de este artículo pueda servir a personas que quieran mejorar su vínculo interpersonal significativo caracterizado en la convivencia cotidiana por la manifestación del afecto, con reglas y límites muy claros, en una relación de igual a igual, de persona a persona y como norma fundamental…la exclusividad. Quizá es mucho pedir… Esperamos, no obstante, que esta lectura sirva para cualquier tipo de pareja, sean éstas de diferente sexo, del mismo sexo, con hijos o sin hijos, casados o en unión libre.

2. Expectativas de la pareja

A este respecto, Bernhard (1982) nos dice que son las formas “adecuadas” de conductas supuestas como valores mutuos, son los “debe” y “debería” de cada uno de los miembros de la pareja. Esta suposición actúa como un guion que uno espera que el otro conozca sin darle el contenido detallado.

Para tocar este tema convendría referirnos a la historia de cada uno de los miembros de la pareja; con esto queremos indicar que las expectativas de ambos van a estar influidas por la experiencia de cada uno en su familia original. Porque ¿No es acaso la relación de pareja la conjunción de dos sistemas familiares que funcionaban de manera normal? De modo pues, cada uno de los miembros de la pareja traerá a su nueva relación elementos que provienen de su familia de origen.

La familia de donde provenimos ha sido, para la mayoría de las personas, nuestra fuente de aprendizaje y lo sigue siendo respecto de las cuestiones de relaciones de pareja y familiares.

Es importante recordar que, en muchas ocasiones, los problemas familiares tienden a repetirse de una generación a otra debido a que las parejas tratan de implantar las normas con las que crecieron, a su relación actual. No queremos decir que las normas (reglas) con que funcionaron los padres no sean buenas o inadecuadas, sino que cada pareja debería establecer las propias, las que sean adecuadas para ambos y para la relación, ya que esta nueva pareja no es idéntica a la de los padres, así como tampoco lo son las situaciones económica, social y profesional.

Este aspecto ha tenido su origen, probablemente, en las expectativas de los cónyuges respecto de la relación de pareja. Tal vez alguno (o ambos) esperaba lograr una relación familiar igual a la de sus padres y el intentar cumplir tales expectativas le lleva a adoptar esas normas, tratando de ser una copia fiel de aquella relación que tratan de emular.

Cabe decir que, cuando una pareja se une, no se vincula solamente con una persona, lo hace con una familia. En algunas ocasiones esto es simplemente circunstancial, pero no lo es en otras. Existen personas que deciden unirse a otra, no por lo que esa persona es, sino más bien por cómo es su familia, porque le ha agradado quizá la forma de relacionarse, la división de las responsabilidades, la manifestación de los afectos y más; así, anhelando una familia de ese tipo decide unirse con ella y satisfacer sus expectativas, olvidando lo que ya dijimos antes: la nueva pareja no es idéntica a la que formaron los progenitores

Al hablar de los elementos que cada miembro de la pareja trae a la nueva relación, debemos decir que estos bien pueden ser similares o diferentes a los de la otra persona y también pueden referirse a necesidades, habilidades, deseos, entre otros.

Respecto de las necesidades, algunos autores opinan que una persona elige a su pareja sobre la base de la complementariedad (Winch, según Rice, 1990). Tal vez esto sea lo que les resulta atractivo en un principio, ya que representa la posibilidad de incursionar en vivencias diferentes a través de la pareja, las cuales proporcionan la posibilidad de solucionar antiguos conflictos. Esto es, como si el buscar el complemento de nosotros mismos nos fuera a dar la solución de nuestros conflictos pasados.

Hay autores que opinan que se elige a la pareja partiendo de necesidades similares, que uno buscará a alguien que tenga un proceso de desarrollo más o menos igual al propio, similar en su proceso de diferenciación y de individuación de la personalidad (Bowen, según Rice, 1990; Cloud y Townsend, 2009).

Otras formas comúnmente adoptadas para elegir a la pareja están basadas en un tipo de expectativas difíciles de cumplir, porque son poco sólidas y muy superficiales.

Es bien sabido que muchas personas se casan o se unen con otra persona para salir y evadir las ataduras que lo ligan con su familia original. ¿Cuántas veces hemos sabido de jovencitas/os quienes, al sentirse abrumados por los problemas, o simplemente por la relación que existe en su familia, deciden vivir prácticamente con la primera persona que se los proponga? Son innumerables estos casos. Con la esperanza de liberarse de ese yugo, se aferran sin darse cuenta, a uno nuevo. En la mejor de las situaciones conseguirán formar una relación más o menos estable, pero, la experiencia nos dice que estas parejas, al darse cuenta que en lugar de liberarse sólo lograron atarse más, sienten tal frustración que sólo consiguen iniciar un deterioro de eso que pensaron sería su salvación.

Aquí, lo que se trata de obtener o compensar son características inherentes a la persona. Así una persona que se siente insegura, tal vez voluble y carente de motivación intentará buscar (sobre la base de la complementariedad que antes mencionamos) a una persona que sea competente, ambiciosa y dinámica para cumplir a través de ella una expectativa más bien personal y con la idea de que se tornará realidad la concepción que se tiene de la relación de pareja tan pronto deciden vivir juntos; sobre esta premisa, lo que buscan es completar, más que complementar (Cloud y Townsend, 2009).

En el plano sexual también hay expectativas. La maduración sexual marca el desarrollo adolescente y es justamente en esta etapa cuando la atracción por el otro es más fuerte o, por lo menos, más evidente, es novedosa; esto conlleva las primeras relaciones de noviazgo o de pareja, de cortejo, las cuales van acompañadas de manifestaciones de afecto que contienen una gran carga sexual. Esas primeras caricias pueden llevarlos, en algunos casos, a la total satisfacción del deseo; en otros, cuando sus valores así lo establecen, a refrenar estos impulsos.

Para estos jóvenes es aceptable que una relación sexual sólo es permitida después del matrimonio; sin embargo, el deseo es tan intenso que deciden casarse o unirse con otra persona cuanto antes y así lograr la satisfacción de ese deseo. Una relación de pareja basado en la expectativa de que todo en la relación futura será sexo, sobra decirlo, tiende al fracaso. Con lo anterior no queremos restar importancia al aspecto sexual en el ámbito de la relación de pareja, simplemente lo queremos situar en una dimensión adecuada.

Por otro lado, es común que las personas no se unan a otra persona real, sino con lo que piensan que la otra persona es. Internamente cada uno de la futura pareja ha creado una imagen de lo que supone que el otro es, o, dicho de otra manera, una imagen de cómo desea que se comporte, obviamente de acuerdo con sus ilusiones, con sus expectativas, con lo que piensa que serán las obligaciones y deberes de cada uno dentro del matrimonio, con lo que piensa que el otro será capaz de ofrecerle para satisfacer sus propias necesidades.

A este respecto, Sager (según Estrada, 1994) sugiere la elaboración de lo que llama contrato, con el cual se busca explicitar lo que cada uno espera del otro y de la relación. Esto, como dice Estrada, puede parecerles a muchos algo tal vez prosaico, por tratarse de una situación en la cual debiera prevalecer el amor y la pasión; pero, como él puntualiza: sin contrato no hay relación de pareja que dure. En este sentido, se expresa también Vicencio (2011) cuando señala que los integrantes de la pareja están en constante transformación y deben establecer los términos en que la relación pueda continuar. Lo cierto es que, explícito o implícito, las parejas funcionan con una especie de contrato.

No es de extrañar entonces, la desilusión que se sucede al encontrarse que la persona con quien se convive no corresponde a la imagen interna. Estos enfrentamientos con la imagen real es lo que lleva a uno (o a ambos) a sentirse defraudado, frustrado, resentido; comenzando a crearse una situación problemática para la relación y, probablemente, el inicio de su deterioro.

Macías (1994) plantea la importancia que tiene el conocer con cierta claridad las propias necesidades y expectativas para podérselas plantear a su pareja. Esto requiere profundizar en el autoconocimiento y tomar la decisión de vivir abiertamente la vida de los propios sentimientos, exponer el mí-mismo real, las actitudes reales; la persona no es eco o producción de las otras, sino ella misma y es así como debiera manifestarse en la vida y sobretodo en la propia relación

De acuerdo con Rogers (1976, p. 221), “vivir en función de los papeles y expectativas sociales parece oponerse, invariablemente, a las aspiraciones de un matrimonio que intenta desarrollar un proceso, que intenta dirigirse a alguna parte”. Si los miembros de la pareja siguen las expectativas de otros, eso les equivale a llevar al desastre el proceso diferenciador de una pareja en desarrollo.

Ahora bien, el punto es encontrar el modo de lograr mantener ese proceso diferenciador. Por supuesto que no es sencillo, ya que implica el propio conocimiento, así como atender al propio organismo para desplazarse en aquella dirección que cada cual percibe como correcta; por ello es que, decíamos en párrafos anteriores, lo verdaderamente funcional en una pareja es que se expliciten las expectativas de ambos, para aclarar cuáles sí se pueden satisfacer y cuáles no. Esta es una buena manera de alejarse de la posibilidad de estar funcionando según expectativas externas.

3. Los papeles en la relación de pareja

Como ya vimos en los párrafos anteriores la importancia que tiene el hacer explícitas las expectativas que cada uno tiene con respecto del otro para. Es decir, lo que cada uno de los miembros de la nueva pareja espera de la otra persona con quien se vincula, un papel a desempeñar, una forma específica de comportamiento.

¿Qué esperábamos cada uno del otro cuando decidimos vivir juntos? Tal vez que nuestra pareja fuera ¿un guía?, ¿un amigo?, ¿un esposo?, ¿un compañero en los estudios? O quizá que fuera todo esto y, ¿por qué no?, algo más. Podemos apreciar que regularmente se asignan de manera arbitraria una serie de papeles que puedan dar respuesta a las expectativas que se tienen de la pareja y cada uno de ellos requiere que se comporte de una manera distinta. Pero, ¿qué son los papeles?

Bott (en Ackerman, 1978, p. 80) los concibe como los comportamientos que se espera de cualquier individuo que ocupa una posición social particular. Dado que a la familia la podemos considerar como el primer grupo social de todo individuo, bien podría concebirse esta como una definición tradicional de los papeles, aunque ella presenta una idea de una aceptación más bien tácita de la actuación de cada uno dentro de la familia. La aceptación del otro y de sí mismo, como personas diferentes es un ingrediente importante en la relación (Gómez y Weisz, 2012).

Ackerman (1978, pp. 78-79) los describe como

La existencia de un interjuego entre las relaciones del individuo consigo mismo y las relaciones con otros y también de la dificultad para decir dónde termina la persona y dónde empieza el ambiente, así como delimitar lo que está dentro de la persona y lo que está afuera.

Y, si bien esto no concibe el papel rígidamente, sí nos da una idea de cómo, en un momento dado, los intereses del individuo pueden contraponerse con los del medio en el cual se desenvuelve; ya que él como persona que se maneja en diversos medios sociales (entendiendo por ellos la familia, el trabajo, la escuela, el club, los amigos, etc.) estará al mismo tiempo funcionando con diferentes papeles. Saber lo que debe hacer cada uno de los miembros de la pareja, cómo y de qué forma es importante, ya que reduce la ansiedad y genera un clima agradable en la relación (Gonzalez-Pineda en Mindek y Macleod, 2014).

Podemos apreciar, a partir de las ideas anteriores, que los papeles están íntimamente vinculados con lo que se espera de la actuación de una persona y lo que esa misma persona quiere desempeñar; son la íntima relación entre la persona y el medio; así, podemos suponer que una persona desempeña muy variados papeles. Cada uno de nosotros no es solamente pareja, esposo/a, o solamente padre/madre, o solamente él/ella mismo/a; es más bien el conjunto de todo esto y algo más, emitiendo conductas específicas cuando desempeñe uno u otro de estos papeles, a través de los cuales se manifiesta a sí mismo.

Rosenblueth (1984) tiene una visión de los papeles desde el punto de vista de la antropología. En el estudio desarrollado en 1975 encontró tres patrones diferentes de relación de la pareja: segregado, complementario y conjunto.

1. Segregado: ambos cónyuges invierten lo mínimo indispensable de su tiempo en la relación conyugal y el hogar. No se puede hablar de una organización en la cual prevalezca la división del trabajo pues, aunque los maridos proveen las actividades de cada cónyuge -por separado- constituyen un todo en sí mismo y poco o nada tienen que ver con las actividades del otro.

2. Complementario: En todas sus actividades prevalece una clara división del trabajo, sin que por ello se tenga que calificar a esta relación de segregada. El marido nunca, o muy rara vez, colabora en ninguna actividad que tenga que ver con la casa.

3. Conjunto: marido y mujer desempeñan las labores domésticas indistintamente.

En una relación de pareja, un sinnúmero de conflictos podría evitarse si cada uno expresa lo que piensa de su papel, conoce lo que el otro miembro espera de él según ese papel y establece qué tanto puede y quiere cubrir de esas expectativas; y hablamos de evitar conflictos porque en muchas ocasiones podemos estar actuando bajo un supuesto y los demás esperan que lo hagamos en otro. Es decir, puedo tener un papel y en realidad estar desempeñando otro. Recordemos que los papeles son las conductas y actitudes que se espera manifiesten cada uno de los miembros que conforman la pareja.

Cuando se vive en función de los papeles y expectativas sociales, se tiende a detener el proceso de desarrollo natural de una pareja-familia y si ésta intenta mantenerse en papeles definidos impuestos desde afuera, entre límites ordenados rígidamente, la relación se dirige hacia un estatismo que se experiencia de modo opresor, poco gratificante; todo ello en lugar de fomentar su expansión, el desarrollo de su potencial, lo disminuye:

Seguir rígidamente las expectativas de otros equivale a condenar al desastre el proceso diferenciador de una pareja en desarrollo [...] No es fácil ni sencillo conocer los propios sentimientos, pero en la medida en que puedas atender a tu propio organismo y desplazarte en las direcciones que “sientes” como correctas, en esa medida te alejarás de los papeles y expectativas externos (Rogers, 1976, p. 222).

En realidad, el platicar acerca de esto en la relación parece benéfico, suena sencillo; hacerlo significa abrir una puerta hacia el propio conocimiento y hacia el conocimiento de los demás miembros de la familia.

4. El amor en la pareja

A primera vista se puede pensar que no existe ninguna relación entre el amor y la toma de decisiones. Pues bien, éstos, que de repente puede parecer cosas diferentes que no guardan mucha relación, en la vida de una familia están íntimamente ligados y, en momentos, la segunda puede poner a prueba al primero.

4.1 Elementos componentes del amor

Al respecto del amor todos hemos escuchado opiniones contrarias, algunas procedentes de nuestros padres, amigos, parientes o, tal vez, oídas al pasar. Hay quienes dicen: “el amor todo lo puede”, pero hay quienes rezan; “el amor no basta”. Lo importante no es estar en uno u otro lado, sino más bien situar al amor en la dimensión que le corresponde dentro de las relaciones de pareja.

Tal vez, la postura que concede todo el mérito al amor resulte ser cómoda, es decir, yo no necesito hacer algo para que la relación de pareja funcione, todo se va a dar por sí solo si hay amor. En el otro extremo está otra postura que dice que poco importa si hay o no amor entre la pareja, lo importante es que cada cual funcione de acuerdo con lo que se espera que haga.

Una tendencia intermedia estaría más de acuerdo con nuestra visión respecto del papel que desempeña el amor en la relación de pareja. El amor sin acciones, es decir, el amor pasivo no basta, pero, las acciones sin amor pueden resultar estériles; lo afectivo es efectivo, refiriéndose en concreto a la expresión de los afectos, es una idea que compartimos.

Nos parece que el amor y su manifestación por medio de conductas y mensajes verbales y no verbales dentro de la relación son efectivos y es esta la clase de amor con la que comulgamos, un amor activo, un amor que se demuestra, que se manifiesta en la praxis, que se observa a través de nuestras acciones y actitudes.

Creemos que el amor es muy importante pero no lo es todo si lo conceptualizamos como el amor pasivo, sin acciones. A esto, además, debemos agregar la voluntad, el interés consciente de hacer, de dar algo por la relación. En esto reside la actividad del amor:

Amar es fundamentalmente dar, no recibir [...] dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad [...] ¿qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da de lo que está vivo en él -da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio. No da con el fin de recibir. Dar es de por sí una dicha exquisita. Pero, al dar, no puede dejar de llevar a la vida algo en la otra persona, y eso que nace a la vida se refleja a su vez sobre ella: cuando da verdaderamente, no puede dejar de recibir lo que se le da en cambio. Dar implica hacer de la otra persona un dador, y ambas comparten la alegría de lo que han creado (Fromm, 1977, pp. 35-37).

Por su parte, Buber (1974, p. 18), expresa al respecto: “A los sentimientos se los ‘tiene’; el amor es un hecho que ‘se produce’ [...] el amor está entre el Yo y el [...]. El amor es la responsabilidad de un Yo por un .

En toda la belleza encerrada en las reflexiones de estos autores podemos encontrar la parte activa del elemento amor. La práctica del amor, como ellos lo expresan, requiere actuar constantemente, hacer algo para manifestarse. Esto bien puede ser a través de acciones, actitudes y/o la expresión verbal y no verbal del mismo. El amor es empatía, es compromiso (Cloud y Townsend, 2009). La persona capaz de empatía es apta para escuchar, hace silencio y acoge la verdad, lo que pone al otro en condiciones para expresarse con sinceridad (Bonafede y Soprani, 2015).

Si nos detenemos a meditar en esta forma de amor, podemos observar que amar es igual a expresar; de cualquier forma, ¿qué es el amor si no una actitud? Una actitud manifiesta a través de la actividad y ésta es la que hace evidente el amor.

De aquí podemos pasar a diferentes manifestaciones del amor: abrazar, besar, decir te amo; pero, hay otras que no se expresan tan abiertamente; ocuparnos del bienestar del otro, ser atento, amable (lo cual, curiosamente, es muy fácil olvidar con nuestra pareja), paciente, abierto; aceptar al otro con todo lo que es, aceptar sus características tal y como son, lo que concuerda con lo señalado por Macías (2012); ceder en algo como una muestra de amor, porque cuando una relación se está dando, cada cónyuge cede en una parte de sus ideas o preferencias por amor al otro; como expresa Minuchin y Fishman (1984): disminuye en individualidad, pero gana en pertenencia. Conviene aclarar que se trata de ceder en algo y no de renunciar a la propia individualidad.

Al amor se le puede describir, siguiendo las propuestas de Sternberg (1990), como la experiencia simultánea de pensamientos, deseos y sentimientos; no es una unidad, sino que se puede descomponer en una serie de lazos que se manifiestan en las relaciones íntimas y que al combinarse resultan en el sentimiento global del amor.

Según este modelo, cada vez que se ama a alguien hay tres sentimientos que deberían manifestarse simultáneamente: fuerte vínculo, gran preocupación por y deseo de estar con el ser amado. Resulta difícil distinguirlos de manera separada, más bien tendemos a experimentarlos como una unidad. Sólo son separables y pueden ser disociados mediante un análisis psicológico.

De acuerdo con Sternberg (1990), el amor puede ser entendido como un triángulo dentro del cual cada vértice representa uno de estos tres componentes: intimidad, pasión y decisión/compromiso, encontrando en su estudio que juegan un papel clave en el amor, aún por encima de otros atributos. Estos no tienen el mismo peso o importancia en todas las culturas, pero tienen por lo menos alguna presencia de forma manifiesta en cualquier época o lugar.

1. Intimidad. Hace referencia a aquellos sentimientos que promueven el acercamiento, el vínculo y la conexión. Cuando en una relación está presente este ingrediente se tiende a buscar la promoción del bienestar de la persona amada; existe un sentimiento de felicidad junto a ella, se disfruta estando junto a la pareja; hay respeto mutuo, aceptándose con sus cualidades y tal como son; tienen la seguridad de contar uno con el otro cuando se necesita; compartiendo los reales e íntimos sentimientos. Por tanto, está implícito un estilo de comunicación congruente, honesta, transparente.

2. Pasión. Este elemento incluye un intenso deseo de estar con el otro; en la pasión se expresan deseos y necesidades con variada intensidad según las personas, las circunstancias y la relación. Involucra diversas clases de necesidades como las sexuales, de relación, de autoestima y algunas otras. La pasión puede ser el elemento que los une en el primer momento, pero se requiere de la intimidad para que la relación perdure.

3. Decisión y compromiso. Reconoce dos aspectos de este componente -uno a corto plazo y uno a largo plazo-. Se requiere, en un primer momento, decisión para iniciar la relación (corto plazo), pero también se requiere compromiso para intentar que esa relación prospere y se mantenga el amor. Este elemento es esencial para sobrepasar los períodos difíciles en la relación e involucra también la disposición para acoplarse a algo o a alguien prolongando la relación hasta alcanzar la meta propuesta; es importante distinguir entre el compromiso con la persona y el compromiso con la relación.

En este sentido se expresa Macías (2012, p. 68) al reconocer que un elemento primordial para la seguridad en la relación de pareja es el compromiso; lo refiere como “la intención de que se trata de un proyecto de vida permanente de pareja” fundamentado en la sinceridad y honestidad y, para los autores, también en la exclusividad.

A pesar de que el amor romántico sigue prevaleciendo como punto de partida para cualquiera que se enamore todavía, su final se ha modificado en los últimos años (Vicencio, 2011). Actualmente, el estatus en las relaciones de pareja ha sufrido cambios, comparado con lo que solía ser unas décadas atrás; dado que el divorcio es cada vez más aceptado socialmente, las parejas se encuentran más dispuestas a acortar su promesa de relación a un tiempo menor que para toda la vida. Es así que este ingrediente puede conservarse hacia la persona, pero variar hacia la clase de relación que se ha vivido.

Regresando nuevamente al constructo de amor tal como lo concibió Fromm (1977, p. 39), encontramos que, además de dar, como elemento básico (mencionado en párrafos anteriores), para que el amor tenga una función activa es necesario que se encuentren implícitos ciertos elementos básicos: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.

1. Cuidado (1977, pp. 39-40). En todas las formas de amor que Fromm menciona, este elemento se encuentra presente; es la preocupación activa por la vida, por el desarrollo del que amamos. La esencia del amor es trabajar por algo y hacerlo crecer; amor y trabajo son inseparables. Se ama aquello por lo que se trabaja y se trabaja por lo que se ama. En este elemento encontramos el fundamento como ingrediente activo del amor: las pequeñas o grandes manifestaciones, las expresiones verbales y no-verbales, el cariño manifestado a través de ciertas conductas, tal vez no agradables pero que buscan el bienestar de la persona amada. Cuando este ingrediente se halla presente en una relación, los participantes en ella pueden realizar acciones que implican alguna clase de sacrificio, de trabajo por el otro o por la relación misma, es una especie de dedicación que no sólo responde a la mutua satisfacción sino al gozo personal.

2. Responsabilidad (1977, pp. 40-41). Aunado al elemento anterior se encuentra la responsabilidad que no denota un deber ni algo impuesto desde el exterior. En su verdadero sentido es un acto enteramente voluntario, es la respuesta que se da a las necesidades, expresadas o no, de otro ser. Significa estar listo y dispuesto a responder para que el otro alcance a cubrir sus necesidades físicas, así como las psicológicas.

3. Respeto (1977, p. 41). Sin este elemento, la responsabilidad podría caer en dominación y posesividad y no implica temor ni reverencia sumisa; más bien el sentido que tiene está relacionado con la preocupación por una persona para que crezca y se desarrolle tal como es; tener consciencia de la individualidad única del otro; ver y aceptar a la otra persona tal cual es

Querer que la persona amada crezca y se desarrolle por sí misma, en la forma que le es propia y no para servirme. Si amo a la otra persona, me siento uno con ella, pero con ella tal cual es, no como yo necesito que sea, como un objeto para mi uso (1977, p. 41).

El respeto es posible cuando se tiene como base de la relación, la libertad y la apertura.

4. Conocimiento (1977, pp. 42-46). Hay muchos niveles de conocimiento, pero el que se encuentra como un aspecto del amor no es superficial sino profundo. Este conocimiento profundo del otro es lo que permite que se le respete, se le cuide y se actúe con la responsabilidad necesaria. Pero hay todavía otra relación importante entre el conocimiento y el amor; es cierto que es de suma importancia conocer al otro, pero no puede dejar de reconocerse que:

El hombre, en sus aspectos humanos es un impenetrable secreto para sí mismo [...] Cuanto más avanzamos hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de los otros, más nos elude la meta del conocimiento [...] Aunque llegáramos a conocernos muchísimo más, nunca alcanzaríamos el fondo. Seguiríamos siendo un enigma para nosotros mismos, y nuestros semejantes seguirían siéndolo para nosotros. La única forma de alcanzar el conocimiento total consiste en el acto de amar: ese acto trasciende el pensamiento, trasciende las palabras. Es una zambullida temeraria en la experiencia de la unión [...] Tengo que conocer a la otra persona y a mí mismo objetivamente, para poder ver su realidad, o, más bien, para dejar de lado las ilusiones, mi imagen irracionalmente deformada de ella. Sólo conociendo objetivamente a un ser humano, puedo conocerlo en su esencia última, en el acto de amar.

Todos estos elementos del amor son mutuamente interdependientes y son las actitudes que están presentes en una persona madura que sabe que para lograr algo hay que ganarlo con el trabajo personal y que ha adquirido fuerza interior basada en la actividad productiva.

Desde la misma imagen que Rogers (1976) tiene de la vida en pareja, reconociéndola como la gran fortuna de crecer juntos, podemos apreciar que, si para él cualquier clase de relación interpersonal puede ser funcional y tendiente al desarrollo, la relación de pareja no debiera ser la excepción. Una relación que permite el desarrollo personal estaría compuesta por tres elementos fundamentales: empatía, congruencia y aprecio incondicional por el otro.

Este último componente hace referencia, indiscutiblemente, al amor. En la relación de pareja es fundamental que exista por lo menos una actitud positiva entre sus miembros, así como decisión y voluntad para luchar y trabajar a modo de ganarse una relación satisfactoria. La imagen de la pareja que se casa y vive feliz por siempre ha sido rebasada y en su lugar queda la de una relación entre personas que debe ser elaborada, construida, reconstruida y refrescada incesantemente.

5. Conflictos y toma de decisiones

A menudo ocurre que cuando es necesario tomar una decisión en la pareja, ésta contradice los deseos o preferencias de alguno de sus miembros, pudiéndose provocar entonces un conflicto.

Al conjugarse en una relación dos formas o estilos familiares de origen, no es de extrañar que se generen muy variadas formas e intensidades de conflictos; por citar solamente algunas, podemos mencionar la administración económica del hogar, el lugar de residencia, el control de la natalidad, la decisión de ser padres, la adquisición de bienes, las tradiciones familiares, la crianza de los niños, el gasto familiar, la frecuencia y preferencias en la actividad sexual, la planeación de las vacaciones, y aun situaciones, aparentemente triviales, que pueden convertirse en un agravio personal: el paseo dominical, el menú del día, la cantidad de comida, el humor, la diversión, los quehaceres domésticos, los amigos y un sin fin más.

Lo anterior se complica todavía más, ya que muchas personas están empeñadas en mezclar el afecto con la toma de decisiones; tener que elegir entre ir al cine o al teatro “pone en juego el amor de la pareja”. Estas últimas parecen desconocer que no es frecuente que dos personas coincidan en el mismo gusto al mismo tiempo y esto incluye las expectativas, gustos, anhelos, deseos, comida, sexo, diversión, etc. Si pudieran reconocer que es válido tener diferentes preferencias, podrían negociar para llegar a algún acuerdo.

No pretendemos hacer un análisis exhaustivo de todas las formas en que se generan los conflictos, ya que resultaría difícil de exponer en un solo artículo. Hay diversos estilos e intensidades; la creatividad para crearlos es inagotable. Creemos, por otra parte, que, más que realizar este análisis, vale la pena encontrar las maneras de resolver los conflictos y es claro que el primer paso para lograrlo es identificar su origen.

Frecuentemente los mensajes que se emiten sufren una serie de deformaciones desde que son producidos hasta que alcanzan a su receptor; esto puede ocurrir por innumerables razones: lucha de poderes, historia de vida de cada uno, desconocimiento mutuo, interés por la relación, problemas en la comunicación, diferencias en las expectativas individuales, y otras más.

Beck (1993, p. 344) sugiere que ninguna pareja es de ajuste perfecto, por lo tanto, los cónyuges debieran reconocer estos cuatro aspectos:

1.  Existen diferencias entre los cónyuges.

2.  Aceptar las diferencias pasando por alto las asperezas del compañero.

3.  Al ver estas diferencias desde un encuadre diferente pueden resultar atractivas.

4.  Sacar partido de las diferencias.

Al considerar estos aspectos y teniendo una actitud amorosa como base será más fácil llegar a la solución del conflicto. El aprecio incondicional, la comprensión empática de la pareja, así como el ser auténticos y tener el verdadero deseo de llegar a una solución satisfactoria para ambos parecen ser las actitudes que más favorecen el desarrollo de la pareja. En fin, debemos recordar, parafraseando a Rogers (1976), que solucionar un conflicto no es un momento mágico; se requieren trabajo y tiempo para obtener una relación mejor y una convivencia más armónica.

Contando con estas actitudes, el primer paso será escuchar con atención al compañero con el verdadero deseo de comprenderlo, seguido de una búsqueda conjunta del origen del problema con una actitud de apertura y aceptación de sí mismo y del compañero, reconociendo que el conflicto está en la posible decisión y no necesariamente se pone en juego el amor de la pareja.

Lo que sí es importante es reconocer y expresar el propio sentimiento de una manera honesta y transparente, explicitar cuál es el sentimiento sin acusar al compañero. En este punto, vale la pena recurrir a la realimentación, es decir, verificar los mensajes, tanto los que se envían como los que se reciben. Otro elemento que puede favorecer es el encontrar puntos de acuerdo entre ambos, pero también reconocer que existen desacuerdos.

Conviene buscar conjuntamente las alternativas de solución analizando su pertinencia y explicando abiertamente lo que a cada uno le gustaría. Conviene abrir todos los canales posibles de la comunicación y no convertirla en un juego de adivinanzas; como señala Rage (1996), el primer paso para llevar a la pareja a un buen funcionamiento es lograr una buena comunicación comentando gustos y disgustos, lo que abre los canales de la comprensión, aplicando todos los recursos de los involucrados para resolver sus conflictos.

Existen algunas categorías en las formas que utilizan las parejas para solucionar los conflictos; González y Yedra (2000) basados en los métodos de resolución de conflictos de Filley (1985) sugieren, aplicados a la relación de pareja, tres:

1. Ganar-perder. Se caracteriza por el dominio, en donde uno de los dos ejerce el poder y el otro se somete; llegando al extremo de convertirse en “dictadura”, afectando al otro y generando agresión o animadversión hacia la figura autoritaria.

2. Perder-perder. Este método está basado en supuestos tales como: “es mejor algo a nada”, “cuánto me das y me quedo callado”; significa transigir, ya que se cede ante los deseos, opiniones o acciones de la otra persona, yendo en contra de los propios y generando un malestar interno en ambos ante el conflicto, de tal manera que, en lugar de ganar, los dos son perdedores, propiciando una atmósfera tan frágil en la relación que, llegado su momento se tornará crítica.

3. Ganar-ganar. A diferencia de los dos métodos anteriores, éste tiene como características importantes el que los involucrados se benefician al buscar acuerdos y la integración de la pareja. Los miembros de la pareja están y se sienten al mismo nivel, esta actitud es percibida y por lo tanto ninguno buscará sacar ventaja de cualquier situación. Hemos visto que las parejas que utilizan este método dedican tiempo para vencer el problema y no luchan entre ellos.

Cuando el conflicto se presenta, para Barragán (2014) hay tres posibles vías de desarrollo:

1. Evitarlo o evadirlo.

2. Enfrentar el conflicto, pero no resolverlo.

3. Enfrentar el conflicto y resolverlo.

Al plantear las formas de cómo se puede afrontar de manera positiva la gestión para resolver conflictos, Bonafede y Soprani (2015, p. 43) mencionan “algunos pasos sencillos de enunciar, pero difíciles de vivir:

1. Aprender a parar el conflicto

2. Comprender que también el otro tiene sus razones

3. Aprender a escuchar verdaderamente al otro

4. Ser capaces de separar a la persona del problema”.

Los autores, sugerimos que para resolver un conflicto la pareja se dé tiempo buscando el momento propicio para abordarlo con actitudes de apertura, comprensión empática y respeto por el otro.

6. La sexualidad en la pareja

Sternberg (1990) se refiere a la pasión como uno de los vértices del amor maduro, entendiéndola como un estado de deseo intenso de unirse con el otro; es cuando se logra, entre otras cosas, satisfacer en la pareja lo relacionado con la sexualidad. Ésta también se relaciona con nuestros valores, con nuestro estilo de vida, la autenticidad, la comunicación, nuestras relaciones interpersonales, la experiencia.

Siempre que se habla de sexualidad el lego piensa en relación sexual, o en aparato reproductor, en los genitales. Sin embargo, la sexualidad va más allá; esta es función, de toda la personalidad, es una energía creadora, una fuerza energética que inunda al mí-mismo de la persona, es comunicación es experiencia es autenticidad, es relación humana, que inunda no solo lo corporal, sino también la parte psicológica y la espiritual. Podemos pensar que es un gran valor del ser humano, que está teñido por: la inteligencia, la voluntad, la vida afectiva, los sentimientos y las emociones.

La sexualidad en la pareja es un proceso que dura toda la vida, es un aprender constante que involucra la reflexión, la clarificación de las actitudes personales, afirmar aspectos relacionados con la misma o, en su defecto, cambiar para tener una acción sexual y seguirse actualizando. El proceso en la pareja incluye un enfoque personal que refleja la experiencia, los conocimientos, las convicciones y los valores propios; la sexualidad significa un conocimiento personal acerca de sí mismo y del papel sexual propio (Morrison y Borosage, mencionados en Morrison y Price, 1979, p. 12).

La sexualidad en la pareja ayuda a la construcción e integración de la persona, es decir, lo que da verdadero significado a la relación está en el hecho de que dos seres humanos se revelen el el uno al otro (Buber, 1974, p. 43), lleva implícita la manifestación completa del ser, congruente, abierta.

Es básico para la vida sexual de la pareja estar sensualmente cerca, tocarse, olerse, acariciarse suavemente, mirarse, explorarse con los ojos, hablar cariñosamente ya que la base de una sexualidad sana es la comunicación clara y directa; es básico explorarse con las manos sin esperar que algo suceda simplemente por el hecho de experimentar placer mutuo.

Rogers (1976) muestra cómo la vida de pareja no es estática, que cambia constantemente y uno de estos cambios se relaciona con la práctica sexual, de la que deberá estar consciente, pues de lo contrario pueden generarse conflictos; estos pueden ser resueltos favorablemente si se asume el riesgo de hablar claro y directo respecto de los sentimientos y aspectos de la vida sexual que les resultan insatisfactorios con ternura y comprensión mutua. Pensamos que esta ternura es básica, vital en la relación de pareja; es el trabajo diario; “la talacha” que mantiene viva la relación de pareja. Evitar la sexualidad daña la intimidad y la vitalidad para mantener el vínculo de la pareja, por lo tanto, resulta conveniente informarse también acerca de cómo mantener el deseo sexual (Cervantes, 2010).

Pero, en lo general, esa situación no está a nuestro alcance, aun en estos días. Kassorla (1982, pp. 17-18) planteaba una de las consignas que han sido legadas por generaciones de madre a hija manteniendo su sexualidad enterrada y bajo control, si no abiertamente, sí de manera encubierta:

Cásate, cría una familia y complace a tu marido. Olvídate del sexo, la pasión y la sensualidad. Sólo las ninfómanas se entregan a la sexualidad. Los hombres necesitan varias parejas sexuales y muchos orgasmos. Las mujeres sólo necesitan a sus maridos.

Este comentario parece sacado de algún libro del medioevo, sin embargo es parte de la experiencia de Kassorla, ya que parece ser que el gozo de la relación sexual sólo es privativo del hombre y no así de la mujer, ella no se puede permitir solicitar caricias, besos, ni mucho menos solicitar la realización del coito; ni qué decir si al solicitarlo eligiera alguna posición diferente a la que propone normalmente el marido, ya que con eso se puede sentir ofendido o generar alguna duda en relación con el comportamiento sexual anterior o presente del cónyuge. Para la mujer ha significado ausencia de sensualidad y sexualidad.

Debemos decir que ningún ser humano es asexuado; cada uno de nosotros desde que nace tiene una personalidad sexual, tenemos comportamientos sexualizados que aparecen sin ningún aprendizaje anterior; sin embargo, estos comportamientos son moldeados, principalmente, en el núcleo familiar a través del modelaje que hacen los padres con lo que se va desarrollando lo que se llama identidad de género y el rol o papel de género.

La compatibilidad sexual es un aspecto de la relación de pareja que no es automático; la armonía se conforma y consolida poco a poco. Una mujer a diferencia del hombre, puede tardar meses o años antes de estar totalmente relajada y capaz de disfrutar el sexo. En una relación de pareja, mutuamente se pueden facilitar el disfrute de su sexualidad entendiendo los sentimientos mutuos, ayudándose a relajarse, a deshacerse de sus temores y dudas acerca de sí mismos.

7. Comentarios finales

Una relación de pareja plena/armónica puede presentar tantas formas y estilos variados como parejas existen; esperamos que la lectura de este artículo favorezca la reflexión que lleve a la claridad y aceptación del propio estilo satisfactorio, en el que ambos integrantes puedan desarrollarse en lo individual y como pareja. Apoyándose en una comprensión empática mutua, siendo auténticos, mostrando aprecio incondicional mutuo y apertura en la relación se tiende a la identificación, revisión y actualización de sus expectativas y normas de convivencia a lo largo de su proceso de desarrollo.

Los elementos de respeto e interés genuino por el otro, así como por uno mismo y por la relación de ambos,

deben de ser igualmente recíprocos,

capaces de asumir el yo, el tú y el nosotros.

Raymundo Macías (2012).

8. Referencias

Ackerman, N. W. (1978). Diagnóstico y tratamiento de las relaciones familiares. Buenos Aires: Hormé.

Barragán, M. (2014). Temas de pareja. Construyendo o destruyendo el amor. México, D.F.: Aguilar.

Beck, A. T. (1993). Con el amor no basta. México, D.F.: Paidós.

Bernhard, Y. (1982). Cómo manejar conflictos de pareja. México, D.F.: Pax.

Bonafede, F. y Soprani, M. (2015). ¡Cómo ponerse… en los zapatos del otro! Guía para resolver conflictos (2ª. Ed.). México, D.F.: Ediciones Paulinas.

Buber, M. (1974). Yo y tú. Buenos Aires: Nueva Visión.

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