Psicología y Educación Integral A.C. 
Revista Internacional PEI: Por la Psicología y Educación Integral
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Volumen V. Número 11. Julio-Agosto 2016
 
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[1]EL GÉNERO MASCULINO.¿CÓMO FORJAR UNA NUEVA IDENTIDAD MASCULINA?

GENDER MALE. HOW TO FORGE A NEW MALE IDENTITY?

 

Diana Gladys Barimboim

 

Resumen

Este ensayo reflexiona acerca de los cambios que hombres y mujeres tienen que hacer a partir de la introducción en el mundo actual de las nuevas concepciones de género. Consideramos que todo cambio produce ciertas resistencias, ya que lo nuevo entra en un proceso dialéctico con las matrices de aprendizaje previas.

Nos abocamos a reflexionar fundamentalmente sobre la transformación del género masculino desde los roles más íntimos (padre y esposo). El hombre sufre una crisis identitaria, ya que las nuevas funciones que la sociedad actual, la relación con la mujer e hijos le exigen son opuestos a las matrices de aprendizaje que se forjaron en el proceso de socialización primaria (hasta transgeneracionalmente) y secundaria.

Los estereotipos sociales acerca de la masculinidad y la femineidad que imprimían las características de género en la época patriarcal, siguen siendo sostenidos por los medios de comunicación, la publicidad y hasta la educación hasta nuestros días. Esto favorece la resistencia al cambio de las nuevas generaciones, Consideramos fundamental una modificación en estas áreas, para colaborar en la formación de un modelo identitario diferente de masculinidad.

 

Palabras claves

Género, masculinidad, estereotipo

 

Abstract

This essay reflects on the changes that men and women have to do since the introduction in today's world of conceptions of gender. We believe that all change produces certain resistances, since the new comes into a dialectic with previous arrays of learning process.

We placed our attention basic giving reflect on the transformation of the male gender from the roles most intimate, (father and husband). Man suffers an identity crisis, since new features demanded by today's society, the relationship with the woman and children you are opposed to arrays of learning that were forged in the primary (up parents and grandparents) and secondary socialization process.

Social stereotypes about masculinity and femininity that printed features of gender in patriarchal times, still being held by the media of communication, advertising and even education up to our days. This promotes resistance to the change of generations, a change in these areas, we consider fundamental to collaborate in the formation of a model different from masculinity identity.

 

Key words

Gender, masculinity, stereotypes

 

Resumo

Este ensaio reflexiona a respeito das mudanças que homens e mulheres têm que fazer a partir da introdução no mundo actual das concepções de gero. Consideramos que todo a mudança produz certas resistências, já que o novo entra num processo dialectico com as matrizes de aprendizagem prévias.

É uma reflexion sobre as transformação do gero masculino desde os papéis mais intimos, (pai e casao). O homem sofre uma crise do identidade, já que as novas funções que a sociedade actual, a relação com a mulher e filhos lhe exigem são opostos às matrizes de aprendizagem que se forjaram no processo de socializacion primária  e secundária.

Os estereotipos sociais a respeito da masculinidad e a femineidad que imprimian as caracteristicas de gero na época patriarcal, seguem sendo sustentados pelos meios de comunicação, a publicidade e até a educação até nossos dias. Isto favorece a resistência à mudança das novas gerações. É importante uma modificação nestas areas, para colaborar na formação de um modelo identitario diferente de masculinidad.

 

Palavras chave

 

Gero, masculinidad, estereotipo

 

Introducción

 

Al hablar de género, pensamos una serie de características que se presentan en las personas a partir de procesos de socialización, marcados por la cultura, las influencias políticas y socioeconómicas.

A partir del feminismo se planteó claramente que las diferencias entre hombres y mujeres, más que diferencias implicaban desigualdades. Los hombres tenían mejores salarios, mayor representación en la vida pública y un status social más elevado. Desde ya. estas desigualdades respondían al discurso del poder patriarcal.

Asi es como las mujeres han padecido históricamente una discriminación y un lugar marginal dentro de los escenarios económicos, políticos, sociales y culturales. Esto formaba parte de la vida cotidiana y como tal, fue naturalizado por las personas. Sabemos que la defensa de los intereses del sistema capitalista, otorgó valor a lo que se relacionaba con la producción  y no asi, a las tareas que se referían con el cuidado de la vida y de la organización de las familias. Por este motivo no se incorporó a la categoría  “trabajo” las tareas domésticas y crianza de los hijos por no ser remuneradas y no estar insertas en el mercado laboral.

A partir de la corriente feminista, se comienza a realizar una lectura critica y deconstructiva del discurso hegemónico acerca de la diferencia de los sexos. Así es que se pone en cuestionamiento la posición  superior que tenía el género masculino y lo que reproducía las relaciones genéricas de dominación.

 

El discurso masculino esta regido por una lógica binaria, es decir, todo se organiza a partir de la oposición masculino/femenino. No se tiene en cuenta las diferencias sino que por el contrario, un género queda reducido al reverso del otro. Ejemplo de esto es la representación social del hombre como fuerte, racional, rudo etc, versus la mujer como débil, tierna y emocional. Así, la mujer solo estaría definida por lo que “no es” el hombre, es decir el negativo de él.

La explicitación de estas inequidades tanto a nivel público como privado, a partir del ingreso de la mujer al mercado laboral, la adquisición de derechos políticos, el control de la fecundidad permitieron un cambio de paradigma sociocultural en Occidente, donde la cuestión de género cobró relevancia.

Al hablar de género nos referimos a la interpretación social que se realiza de la diferencia biológica entre hombres y mujeres, a las relaciones de poder y a la construcción social de la feminidad y la masculinidad.

El concepto de género fue introducido en la literatura científica por las pensadoras feministas. Es así, que al hablar de género, se piensa en la mujer. Nos proponemos en este ensayo reflexionar sobre las transformaciones que ha sufrido el género masculino, a partir de los cambios que realizó la mujer tanto en el ámbito privado como público, respecto a su sexualidad, maternidad, etc. Partiendo de la base que el sistema tradicional era binario y la mujer se definía en contraposición al hombre, es decir, que resultaba así su opuesto (hombre fuerte/mujer débil, hombre proveedor/mujer ama de casa, etc). Estas descripciones de roles, modos de comportamiento y actitudes han resultado en estereotipos sociales que indicaban “como debía ser una persona para pertenecer al género masculino o femenino) Es decir que estos mandatos sociales, marcaban un “deber ser” que forjaba identidad.

Pensamos que el cambio de paradigma de la posmodernidad que implica relaciones simétricas entre las personas de ambos géneros, todavía no ha logrado una transformación de las matrices de aprendizajes tanto en hombres como en mujeres. En esta oportunidad, nos cabe preguntar sobre los conflictos, las disonancias cognitivas/emocionales que padece el genero masculino a la hora de conciliar esta nueva forma de representar al genero masculino respecto a las representaciones aprendidas familiar y socialmente que permanecen en el interior de su subjetividad.

Es interesante observar que los estudios sobre la nueva masculinidad son más tardíos y menos cuantiosos que los que versan sobre el género femenino. Se tardó en considerar qué le pasaba al hombre con las transformaciones que se venían produciendo en el género femenino. Asi nos preocupaba reflexionar acerca del significado y la representación de masculinidad en el hombre posmoderno, en relación fundamentalmente a sus roles como padre y esposo. ¿Ha logrado el hombre deconstruir y reconstruir su identidad masculina? ¿Cómo se ubica el hombre frente a esta nueva mujer? Pregunta que nos parece rectora ya que pensamos sustancial como organización del mundo social la aceptación de las diferencias en relaciones simétricas.

Apoyamos algunas de nuestras reflexiones en un estudio de opinión pública a nivel nacional de la República Argentina realizado desde en el Centro de Investigaciones Sociales (CIS) Voices – Fundación UADE  con el objetivo de analizar la percepción de los padres sobre distintos  aspectos vinculados a la crianza de los hijos, las tareas del hogar, el uso del tiempo y valores trasmitidos a los hijos, desde la perspectiva de género.

El CIS surge como una iniciativa conjunta del Instituto de Ciencias Sociales y Disciplinas Proyectuales de la Fundación UADE (Universidad Argentina de la Empresa( y Voices Research and Consultancy, con el propósito de desarrollar instrumentos informativos y generar un reservorio de relevamientos de opinión pública sobre distintas problemáticas de la sociedad argentina.

El objetivo de esta investigación (2014), fue estudiar distintos aspectos de la problemática de  género. Por un lado interesa conocer qué roles  cumplen las mujeres y los hombres en los hogares argentinos.  Se indagó también sobre cómo la creciente inserción de la mujer en el mundo laboral afecta a la distribución de las tareas hogareñas y el cuidado de los hijos. El estudio permite además arrojar luz sobre el uso del tiempo y si existen o no distintos estilos de crianza según el género.

El CIS surge como una iniciativa conjunta del Instituto de Ciencias Sociales y Disciplinas Proyectuales de la Fundación UADE (Universidad Argentina de la Empresa( y Voices Research and Consultancy, con el propósito de desarrollar instrumentos informativos y generar un reservorio de relevamientos de opinión pública sobre distintas problemáticas de la sociedad argentina.

El objetivo de esta investigación (2014), fue estudiar distintos aspectos de la problemática de  género. Por un lado interesa conocer qué roles  cumplen las mujeres y los hombres en los hogares argentinos.  Se indagó también sobre cómo la creciente inserción de la mujer en el mundo laboral afecta a la distribución de las tareas hogareñas y el cuidado de los hijos. El estudio permite además arrojar luz sobre el uso del tiempo y si existen o no distintos estilos de crianza según el género.

 

 El trabajo se realizó tomando como base una encuesta realizada en todo el país a 1008 personas de 16 años y más, utilizando entrevistas personales como instrumento de recolección.

Nos proponemos comprender la crisis de identidad masculina que sufre el hombre de nuestros días. Como luego mostraremos a partir de los datos obtenidos en dicha investigación, se observan cambios en el desempeño de los roles del género masculino, pensamos que el hombre se encuentra aun en tensión sobre el significado de su “ser hombre”, conflicto que surge debido a los estereotipos masculinos forjados en la sociedad patriarcal y el nuevo paradigma que se genera en la posmodernidad, donde el poder seria compartido por ambos géneros, interactuando así en relaciones simétricas.

Los estereotipos acerca de la masculinidad, parecen todavía sostenerse y estar en crisis con las nuevas exigencias de rol que se le impone al género masculino. Los estereotipos son creencias, por lo tanto carecen de racionalidad, que determinan las características de los roles de hombres y mujeres dentro de una cultura dada. Estos preconceptos generalizados organizan y categorizan los comportamientos que se esperan social y culturalmente de hombres y mujeres.

 

DESARROLLO DEL TEMA

 

a)Proposición


Desde ya hay una clara diferencia entre lo que denominamos sexo y género. El sexo responde a las diferencias biológicas existentes en los cuerpos de los seres humanos, objeto de estudio de las ciencias médicas. Es decir que la definición de sexo esta dada fundamentalmente por cuestiones de orden genético, características que tienen que ver con la naturaleza humana. El concepto de género en cambio, se refiere a lo que cada cultura atribuye desde una construcción social, al ser hombre o mujer, la interrelación entre los mismos, las relaciones de poder que han implicado históricamente el sometimiento del genero femenino respecto del masculino. El género es una representación social que expresa ciertos prejuicios, valores, mandatos y prohibiciones sobre la vida tanto de mujeres como hombres. Así la identidad masculina y femenina se construye a partir del aprendizaje de las representaciones, es decir de los procesos de socialización tanto primaria como secundaria.

Sabemos que el gènero masculino/femenino tiene diferentes características sociales, y más que diferencias ha significado el establecimiento de relaciones asimétricas de desigualdad entre hombres y mujeres. Se forjaron, tanto en hombres y mujeres,  matrices de aprendizaje social que indicaban la forma que cada gènero debía ejercer los diferentes roles (familiares, elección vocacional, vida social, pública, etc). Estas matrices de aprendizaje generaron estereotipias en el comportamiento de hombres y mujeres, y como tales tienen una resistencia, tanto social como subjetiva, para aceptar el cambio propiciado por las transformaciones sociohistóricas y económicas de la actualidad. Nos proponemos pensar desde el marco de la psicología social critica, como se puede lograr el cambio de estos estereotipos para generar una simetría de genero sin que esto sea un conflicto en las identidades tanto femeninas como masculinas.

Se comienza a hablar de género en la década de los 70. Simone de Beauvoir como una de las pioneras del movimiento feminista, identifica en su libro “El segundo sexo” el concepto género como un constructo social que marca características de roles y ciertos estereotipos en relación a la naturaleza sexual. La autora plantea que la mujer se define a partir de la negación del ser hombre, en una sociedad donde históricamente el hombre ha sido el dueño hegemónico del poder.

Para esos años surge una corriente que claramente diferencia el sexo (biológico) del género como categoría socio/histórica. Autores como Gayle Rubin, Money y Stoller plantean que el sistema vigente hasta ese momento estaba al servicio de la subordinación de la mujer al hombre. La identidad de genero se construye fundamentalmente en la socialización primaria y permite sostener una determinada organización social al servicio del paradigma vigente en la Modernidad: sometedor (hombre) /sometido(mujer). Se establece un orden social que clasifica las diferencias entre los sexos generando estereotipos que limitan los comportamientos tanto de hombres como de mujeres en los ámbitos privados y públicos.

Las mujeres se dedicaban a las tareas domésticas y al cuidado de los hijos y permitían al hombre ingresar libremente al mercado laboral. La dependencia económica de la mujer, en la sociedad capitalista, significaba un sometimiento al poder del hombre a quien le debía cierta gratitud ofreciéndole cuidados emocionales, haciéndose cargo del cuidado de los hijos y   teniendo que ofrecerse hasta como objeto de su satisfacción sexual.

Pensamos las diferencias de género desde dos perspectivas teóricas:

1)                 La teoría psicoanalítica de N. Chodorow quien plantea que los roles de genero se desarrollan en los primeros años de la infancia a partir de procesos identificatorios y

2)                  El interaccionismo simbólico con Goffman,E., quien plantea a la publicidad como escenario donde se juegan los estereotipos de genero y dan cuenta de la significación de los símbolos sociales.

Vamos a conceptualizar el concepto de “estereotipo” como fuente de prejuicios y creencias que condicionan la vida de las personas. El estudio de los estereotipos surge en el contexto sociohistórico del nazismo y así se liga a una actitud prejuiciosa. Tomaremos a Allport quien plantea que el estereotipo es una “creencia exagerada asociada a una categoría” (1971,p 215). Para este autor es el componente cognitivo de los prejuicios, es decir la forma en que el hombre puede justificar las conductas prejuiciosas. Así se simplifica la interpretación que hace el hombre del mundo, categorizando a ciertos grupos sociales que tienen características semejantes, por ejemplo, hombres y mujeres. Es interesante señalar que él considera que los medios de comunicación masiva son responsables en la mantención y hasta el origen de esos estereotipos.

Estos estereotipos se generaron en el proceso de socialización primaria y se reforzarán en el de socialización secundaria. Es decir que los primeros agentes socializadores han sido la familia, los modelos identitarios que los propios padres han generado como matrices de aprendizaje de los géneros. En segunda instancia la escuela, el lenguaje, las instituciones y los medios de comunicación. A partir de la socialización la persona construye la realidad de la vida cotidiana, incluyendo su forma de pensar, sentir y actuar en la sociedad.

 

b) Argumentos para la discusión

 

Tradicionalmente la función paterna era sinónimo de autoridad en relación a los hijos y también el encargado de transmitir los valores morales y sociales. A partir del estudio de opinión realizado por la Fundación UADE y el CIS, en todo el territorio de la Republica Argentina (2015) se denota en principio que los valores más importantes que considera la sociedad en general, para transmitir, son los que se vinculan a la socialización y el autocontrol social (buenos modales, tolerancia, responsabilidad, obediencia y hábitos saludables). Sin embargo son las “madres” las encargadas de educar en este sentido a los hijos mientras que los padres atienden más a la capacidad de disfrute, la expresión de sentimientos y espíritu de ahorro. Estos son los resultados que arroja la encuesta: buenos modales (80% vs 74% en hombres), tolerancia (53% vs 50%), responsabilidad (49% vs. 43%) y obediencia (34% vs 29%) En cambio, los hombres  priorizan más que las mujeres  la capacidad de disfrute, (24% vs 21%)  la capacidad de expresar sentimientos (21% vs 18%) y la sobriedad y espíritu de ahorro (8% vs. 3%)

Si bien 8 de cada 10 padres consideran un buen desempeño en su rol como padres, las mujeres siguen considerando que ellas cumplen el rol de cuidado de los hijos mejor que los hombres. Permanece el conflicto de tensiones que le genera a la mujer su “ser profesional” y “madre”, dado que la mayoría de ellas evalúan como importante el tiempo material que pueden dedicar a sus hijos para cumplir bien su función. A las mujeres les corresponde  en mayor medida aspectos que tienen que ver con el quehacer diario y rutinario como llevarlos a la escuela, ayudarlos en la tarea o acompañarlos en tareas tales como comer, bañarse, lavarse los dientes, mientras que los hombres realizan más tareas lúdicas o recreativas como ver tv, estar con la computadora,  jugar o compartir actividades deportivas. Estas diferencias se mantienen aún si se consideran las mujeres que trabajan, que también hacen más las actividades rutinarias que los hombres. Así por ejemplo las mujeres que trabajan duplican al total de hombres en ayudar a los hijos en sus actividades diarias tales como comer, bañarse, lavarse los dientes (46% contra 23%).

Respecto a las tareas domésticas, los hombres colaboran pero todavía en menor medida que las mujeres. Es decir que planteamos la idea de “colaboración” siendo la mujer la que es responsable de las mismas. Vemos aquí los resultados de la encuesta:  

o       Tender la cama (92% de las mujeres contra 38% de los hombres),

o       Lavar los baños (75% contra 20%)

o       Lavar la vajilla (92% contra 38%).

o       Barrer (88% de las mujeres contra  42%)

o       Hacer las compras  (85% contra 62%).

o       Cuidado de niños (el 63% contra el 32%).

 

Esto nos lleva a pensar que el rol tradicional de “ama de casa” continúa en manos del género femenino. En cuanto al tiempo que se le asignan a distintas actividades, el estudio del CIS (UADE-Voices) registra en promedio cerca de 7 horas al cuidado de los hijos y cerca de 4 horas al cuidado del hogar. No obstante los resultados varían bastante cuando se considera el género. Las mujeres dedican el doble de tiempo que los hombres al cuidado de los hijos y del hogar. Al analizar el tiempo dedicado a los niños más pequeños por género de los padres, se advierte que las mujeres le dedican 13 horas en promedio a los menores de 2 años, 11 horas a los de 3 a 11 años y casi 9 horas y media a los 12 a 17 años En cambio en los hombres, el tiempo promedio oscila entre 5 horas y 5 horas 40 minutos  para los hijos menores de 17 años.

En lo que hace al cuidado de  los hijos más pequeños, las diferencias por género son más marcadas aún. Las mujeres realizan más que los hombres tareas vinculadas con el quehacer diario y rutinario, tales como llevarlos a la escuela, ayudarlos en la tarea o acompañarlos a comer, bañarse, lavarse los dientes. Los hombres,  en cambio, declaran realizar más que las mujeres tareas lúdicas o recreativas como ver tv, estar con la computadora,  jugar o compartir actividades deportivas. Estas diferencias se mantienen aún si se consideran las mujeres que trabajan.

Los estudios de género, científicamente vinculados a la sexualidad, valores y conductas que se atribuyen a mujeres y a hombres, partieron en primera instancia con el movimiento feminista (sobre el género femenino), para comprender fundamentalmente la historia de sometimiento en todas las áreas respecto del varón.  El género resulta una categoría social, que toma diferentes características de acuerdo a la cultura, la generación, la familia, los vínculos interpersonales, entre otros, a lo largo de la historia.

 

Pensamos a partir de la teoría psicoanalítica, la identidad sexual como algo completamente subjetivo, producto de las identificaciones y los vínculos eróticos forjados en la primera infancia, fundamentalmente con la familia y al género en cambio, como un constructo social que permite al sujeto responder a las normas y expectativas culturales según la identidad subjetiva que inviste.

La subjetividad de una mujer o de un hombre es una construcción socio histórica que se escribe como guión, con discursos y con prácticas sobre la realidad material de los cuerpos. Cuando se habla de género, pareciera ser que sólo se hablara de la construcción del género femenino, que se “diera por sentado” que el hombre “es así”, obviando las condiciones de construcción de un rol que, al igual que el rol de la mujer, es una construcción histórico-social.  La lucha de las mujeres en su proceso de liberación del rol asignado y de la  subjetividad construida consecuentemente con el mismo ha sido ardua, dolorosa y efectiva. Pero, ¿Qué pasa con el rol del hombre? (Waisblat, 2011)

Fernández (1994) sostiene que la construcción de la diferencia de los géneros reposa sobre una lógica atributiva, binaria y jerárquica. Atributiva,  en el sentido de que se le atribuye a lo masculino lo esencialmente humano, es decir, que sólo lo masculino es pensado como positivo, valioso. Lo masculino pasa a constituirse en el modelo de sanidad, honorabilidad, ética y derecho. En cambio, lo femenino se define en términos de negatividad, a partir del modelo masculino positivo. Binaria, en tanto que las diferencias se organizan desde una lógica de oposición; lo femenino se define como no A mientras que lo masculino como A= verdadero. Esto da lugar a la serie de  opuestos tales como: activo-pasivo, fuerte-débil, sujeto sexual-objeto sexual, racional-emocional y público-privado. Por último, la lógica jerárquica se refiere a que uno de los términos pasa a ser inferior, complemento o suplemento, negativo de aquello que lo hegemónico señala como uno, como verdadero, la masculinidad. Sin dudas, esta concepción del género se encuentra en las bases de diversas formas de discriminación y segregación social.

 

La construcción de la diferencia a partir de dicha lógica se naturaliza y se vuelve incuestionable. El hombre  pasa así a concebirse a sí mismo como un ser que debe mostrar y demostrar constantemente su condición de superioridad y verdad. Esto implica sostener una actitud “vigilante” para poder sostener “lo que se espera de él”. A su vez, considerando la  estructuración jerárquica, donde todo lo que no entra dentro de la masculinidad hegemónica es femenino e inferior, el hombre debe estar atento para no mostrar ningún sentimiento, pasividad, emotividad, ingenuidad, etc., dado que tal situación lo dejaría en una posición inferior femenina (Waisblat, 2011)

Cabe preguntarse, entonces: ¿Qué problemáticas y sufrimientos se generan y silencian a partir de estas construcciones socio-históricas de los géneros? ¿Qué repercusiones en la construcción de la identidad masculina tienen los cambios en el rol femenino ocurridos en el último siglo?

Hay papeles estereotipados asignados tanto a las mujeres como a los hombres. Entre las características socialmente asignadas a los hombres se encuentran: agresividad, independencia, ser poco emocionales y tener  confianza en sí mismos (Ruble, 1983).

Brannon y David (1976) sostienen, a partir de sus investigaciones, cuatro factores que caracterizan a la masculinidad: carencia de rasgos feminoides; ser exitosos y ganar buen dinero; seguridad en sí mismo y agresividad

Sin embargo, hoy en día se ciernen ambigüedades y tensiones en lo que respecta al rol masculino. El origen de estas, según Pleck (1981), se aclaran cuando prestamos atención a la historia reciente en los cambios del rol masculino. Cuando los papeles cambian surgen las ambigüedades entre el rol antiguo y el nuevo rol. Los individuos experimentan una tensión originada por la contradicción entre el viejo status o papel aprehendido subjetivamente con el que se socializó y los nuevos papeles con los que tiene que funcionar en tanto adulto en la sociedad en la que hoy se encuentra inmerso. A esto se suma que no siempre los individuos son conscientes de este conflicto de papeles. La coexistencia en tensión de estereotipos tradicionales que atribuyen a  la identidad masculina la fuerza, el poder y el sustento económico de la familia y nuevas concepciones de  masculinidad en proceso de construcción representa una fuente generadora de conflictos y ambigüedades que se reflejan en la vivencia subjetiva de desconcierto y confusión por parte de los hombres fundamentalmente.

Otro aspecto a considerar es el propuesto por Ramos Torres (1990) y Tobio Soler (2002) quienes sostienen que en lo concerniente a las tareas domésticas, en particular en tareas asociadas al cuidado de los niños, el hombre es más participativo en la medida que el nivel socioeconómico del trabajo de ambos es más elevado y recupera un imaginario del rol de género más igualitario. Sin embargo, afirma Alberdi (1999) a las mujeres puede resultarles difícil abandonar por completo su rol tradicional de madres y amas de casa, motivo por el cual asumen la tarea de regular la distribución de las tareas domésticas para evitar la sobrecarga del cónyuge varón.

A esto se agrega la reflexión de Margulis (2003) acerca de los cambios en la dinámica familiar a partir del quiebre en el rol masculino de proveedor hogareño.

En el siglo XX con la superación de la división sexual del trabajo, las mujeres se incorporan al mercado laboral. Estos cambios se producen fundamentalmente en el ámbito público, mientras que en el privado se tornan más lentos. A su vez, la inserción de la mujer en el  mercado retributivo libera al hombre del rol de único sustentador. Sin embargo, la “armonía familiar” se vuelve quebradiza, ya que los hombres comprenden su falta de autonomía en las cosas cotidianas y su dependencia emocional (Beck, 1998)

Lopez de la Vieja (2000) enuncia que estos cambios, los cuales dejan de identificar al hombre con un rol privilegiado caracterizado por la fuerza, el poder, la independencia y la virilidad, son vividos por los hombres como amenazantes, ya que los enfrentan con el temor a la pérdida de la identidad social  que internalizaron en el proceso de socialización.

A partir de los años 80, el valor del discurso hegemónico acerca del rol social del género masculino, comienza a entrar en crisis y transformación más fuertemente. Surgen teorías y movimientos sociales que cuestionan la universalidad de las “formas de ser y actuar” del hombre en relación a la vida doméstica, en su vínculo con el género femenino, sus prácticas sexuales y profesionales, entre otras.

 

La Posmodernidad parte del Principio de la Incertidumbre propuesto por Heisenberg (1932), esto significa que es un mundo donde caben múltiples formas de organizar la realidad, las instituciones, dentro de ellas, las configuraciones familiares. Los diversos discursos que construyen la realidad generan movimientos en la inter y la intrasubjetividad, es decir que se producen significados internos diversos que se conjugan dialécticamente con las identidades e ideales históricos. Desde el ECRO de Pichon Riviere, planteamos a un sujeto emergente y agente de los tiempos históricos/sociales en los que vive. Para este autor, el cambio siempre va acompañado de una cierta resistencia por el temor que genera la pérdida de lo ya adquirido y el ataque, de lo nuevo por venir sin los recursos psicológicos suficientes para afrontarlo. La resolución de este conflicto, para que no se constituya en una situación dilématica sin solución, es un proceso de aprendizaje con “otros” que permita inscribir en un espiral dialéctico entre el pasado: lo aprendido; modelos, hábitos,  actitudes, formas de accionar, etc.; y el presente que tiene nuevas necesidades a satisfacer en las relaciones interfamiliares. En el grupo surgen las diversas historias narradas por sus integrantes, que van recreando nuevas narrativas compatidas para definir la realidad, las necesidades actuales, desmitificar el discurso opresivo dominante de la sociedad patriarcal y  así, forjar una nueva forma de identidad masculina y femenina. Identidad que si bien es intrasubjetiva, se conforma en base a consensos con los otros. La apertura a un diálogo permite la transformación de las matrices de aprendizaje, generando los cambios de rol en ambos géneros, en lugar del sostenimiento de los estereotipos del pasado que no responden a la posibilidad de la satisfacción de las necesidades del siglo XXl,

Desde el marco de la psicología social crítica (Pichon Riviere), pensamos que la identidad de género se construye en una compleja trama de relaciones vinculares y que se constituye en una praxis, de esta forma se produce una transformación de si y de la realidad. El género femenino a partir de la mitad del siglo XX, viene haciendo grandes transformaciones en el orden sociohistórico, económico y político, Un mundo que simbólicamente estaba organizado de forma binaria, ha impreso exigencias de cambio en el género masculino. El sujeto no solo emerge del contexto sociocultural de la época sino que también es agente, productor y reproductor de la realidad que lo circunda, para cambiarla. Hablamos de praxis porque consideramos que es en ella misma donde se observan las transformaciones., desde alli se puede analizar las condiciones concretas de existencia y las subjetividades que van emergiendo.

Consideramos que los cambios en el género femenino se produjeron por una lucha por la equidad, en una sociedad patriarcal, que subsumía a las mujeres al poder y voluntad del género masculino. El avance científico (la creación de la píldora anticonceptiva) y el ingreso masivo de la mujer en el mundo laboral, etc-permitió el surgimiento del movimiento feminista que fue forjando una transformación en las representaciones sociales de género, se dio origen a nuevas prácticas en la vida cotidiana. Sin embargo consideramos que todavía nos encontramos con una falta de referentes identitarios internos y externos que orienten y sean sostén de esta nueva construcción subjetiva tanto para hombres como mujeres. Observamos que en ambos géneros, están arraigados los estereotipos del “ser mujer y hombre” tradicionales de la Modernidad, a pesar que sus prácticas estén cambiando en parte. Asi es como el género femenino conserva el dominio y la responsabilidad del hogar y del cuidado de los hijos, mientras que el hombre “colabora” con las tareas domésticas y el cuidado de los hijos. El ingreso de la mujer al mercado laboral, ha modificado el vínculo tanto en las relaciones de pareja como en relación a la familia. Esto ha compelido a redistribuir obligaciones y derechos en la vida cotidiana aunque todavía se observa que las identidades tanto masculinas como femeninas estan en crisis.

Consideramos que la sociedad está realizando un proceso de aprendizaje que implica unir el pensar, el sentir y el hacer. La construcción de matrices de aprendizaje nuevas y relaciones vinculares que implican la modificación de modelos internos ligados al mundo interno, mundo externo y la interpretación que se realiza de la realidad. A lo largo de la vida, las personas organizan hábitos que responden a la modalidad cotidiana de cómo relacionarse con los otros y con sus si mismos.

Al producirse una crisis, una ruptura, entre los aprendizajes previos y las nuevas exigencias de la organización social, se requiere un esfuerzo de adaptación activa a la realidad que genere un acto creativo respecto a la tradición aprendida, que genera ciertas resistencias. La formación de una nueva matriz que organiza y significa el universo de conocimientos cotidianos es una estructura interna del campo subjetivo, complejo y contradictorio. Incluye no sólo aspectos conceptuales, sino también afectivos, y esquemas de acción.

 

c) Síntesis y reflexiones finales

 

Por todo lo antedicho concluimos que ambos géneros están en un proceso de aprendizaje que permita generar nuevas matrices para modificar los modelos internos aprendidos transgeneracionalmente. Como todo proceso de aprendizaje dentro del marco del ECRO de la Psicologia Social de Pichon Riviere, implica una espiral dialéctica que va desde los materiales implícitos (inconscientes) hasta las conductas explicitas (conscientes). Sabemos que todo proceso de aprendizaje genera resistencias a partir de las matrices aprendidas y que se recrean en el marco sociocultural e histórico en el que el sujeto se ha desarrollado.

Observamos como desde los medios masivos de comunicación y la publicidad, se continúan reforzando ciertos estereotipos ligados a la identidad masculina y femenina de la Modernidad. En la publicidad por ejemplo, la mujer es expuesta como objeto sexual, como consumidora de productos para seducir a los hombres. Respecto a electrodomésticos, artículos de limpieza, u objetos para el cuidado de los niños (pañales, leches maternizadas, utiles escolares) difícilmente encontremos un modelo masculino. Los videojuegos reproducen héroes agresivos siempre masculinos, las mujeres visten de forma “insinuante” hacia los hombres. La currícula implícita escolar indirectamente también los apoya, por ejemplo en el jardín de infantes, no se propicia que los niños realicen juegos dramáticos con muñecas realizando tareas que sí se estimulan en las niñas. Cuando un niño golpea a una niña no se lo educa para la “no violencia” sino que se marca que no se “debe pegar a las mujeres”. Hasta dentro de los hogares, observamos cierta preocupación de los padres si un varón juega con muñecas, o con tareas domésticas, surge en los adultos la fantasía prejuiciosa de la homosexualidad.

Pensamos que tanto en los medios de comunicación, la publicidad, la educación escolar y en los hogares debieran trabajar la caída de la estereotipia que se sostenía en la sociedad patriarcal, generando valores que tuvieran que ver con la equidad entre géneros y propiciando actitudes y conductas que fueran simétricas para ambos géneros.

Consideramos que el cambio se produce fundamentalmente en el género femenino, que lucha por salir de una situación de sometimiento al genero masculino, por todo lo antedicho. Estos cambios generan un reacomodamiento de las relaciones interpersonales. Respecto a los vínculos mas íntimos que son los del interior de la familia, observamos que el hombre, al perder los fuertes referentes que operaban como los ideales de la masculinidad, entran en un estado de confusión acerca de su propia identidad masculina que se traduce en el desempeño de los diferentes roles a cumplir.

Esto se hace evidente en el rol de padre, que al perder el referente autoritario de sus propios padres y abuelos ( vector transgerenacional) adhieren al mandato social actual respecto a la paternidad, esto es, pasar más tiempo con sus hijos y ser agentes activos en la crianza, pero desde un rol más infantil que adulto. Es por eso que no ponen límites, son los que procuran el placer y la creatividad (se ocupan de las actividades lúdicas, videojuegos, compras en los shoppings, deportes, etc) siendo las madres las que continúan haciendose cargo de fomentar hábitos de higiene y orden, ocupándose de las tareas escolares, de ausentarse al empleo cuando el niño padece enfermedades menores (gripe, angina, etc). Es decir que la madre sigue teniendo a cargo el cuidado de los hijos (también esto se observa en la crianza de los niños pequeños), mientras que los padres son compinches de sus hijos y en muchas ocasiones transgreden los límites que la madre pone al niño.

Consideramos que las instituciones sociales debieran aportar cada una desde su espacio (medios de comunicación, publicidad, escuela, etc) modelos que contraresten los estereotipos de la época patriarcal ofreciendo modelos acordes al cambio de paradigma en las relaciones entre hombres y mujeres y una educación que favorezca el cambio. Cambio que implica la nueva posición ideológica, sociohistórica y politica de género. Esto permitiria que la transición, que tanto el genero masculino y femenino están haciendo desde hace pocas décadas respecto a la equidad entre ambos, fuese con menos sufrimiento y desorientación acerca de la concepción identitaria del ser hombre y mujer.

 

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[1] Psicóloga. Dra. en Psicología Social.. Universidad Argentina de la Empresa. Profesora investigadora, docente grado y extensión universitaria. República Argentina

 

 






 

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